12 abril 2012

El mundo en San Antonio Ilotenango, crónica


Por Julio Urízar

Estuve sentado en el interior de una barca y extendí la mano para dejármela acariciar por el agua color de tierra que se trenzaba a nuestro paso para luego volverse a despeinar. Era Domingo de Resurrección y aquellas aguas hacían suyo el hecho bíblico, aunque nada en el pueblo denotaba que hubiera mayor interés en la celebración. La iglesia estaba cerrada.
El silencio se atragantaba con la laguna, restallando tan sólo por el motor de nuestra lancha, y como el sol, candente, buscaba colarse en todas las calles, vencido, también como el sol, por las sombras donde los pies cansados y contentos le dicen a las caderas que por favor sostengan un momento los cuerpos. Es Domingo de Resurrección y no hay flores de alegría, no hay olor a gloria, alfombras o procesiones, multitudes o quiméricas representaciones de un país encantador. Aunque sí hay encanto y la gente vive su pueblo como lo es realmente, suyo y no de una postal. Una anciana no vidente, o eso me pareció, permanecía sentada en el atrio de la iglesia observando con ojos nublados y enrojecidos ese silencio que, quizás por el día o es que acaso el pueblo siempre sea así, se vuelve materia y como bloque construye la calma de un olvido entre las montañas. La iglesia, cerrada; el mercadito situado a un costado, cerrado, con las champas y mesas patas arriba disfrutando del feriado; el Palación Municipal, así, con la “n” arrejuntada, dormidita también su faz amarilla frente a diez o veinte “tunecos” que también incrustan las sombras como si rememoraran, incluso los más jóvenes, que antes todo era así, silencioso, inmóvil, un eterno Domingo de Resurrección entre adobe, polvo, ovejas y rumores que se cuidan de no ser escuchados.
Lo común para tales fechas es que uno quiera ir al mar, al mar de agua y se ahogue antes en uno de gente donde la arena se pierde entre la basura; o bien, meterse en los ríos morados de la famosa ciudad y salir oloroso a fervores de lujo; o pasar unos días frente al lago color bandera y sus pirámides azules o bien, conocer por fin la selva y sus volcanes de piedra tallada; quizás algunos puedan visitar algún país vecino y catar diferentes tipos de tequila o presumir de su estadía en algún hotel de cien cuentos a la luz del faro Izalco. Pero pocos muchos, porque son muchos, aunque pocos, son los que tendrán la posibilidad de no querer o no poder salir de sus valles y montañas, sino más bien, meterse más en ellas y conocer algún resquicio entre aquellas ondulaciones en que uno piensa desde el inicio: “allí no pasa nada”.
Y acaso el que no pase nada, nada de lo que ya es cotidiano entre lo extraordinario, los haga especiales.
El camino desde Totonicapán, con dirección a Santa Cruz del Quiché, se quiebra después de haber atravesado torres de bosques olorosos y fruncidos, como si acaso estuviéramos ultrajándolos por estar utilizando la carretera que los partió a la mitad, en una vía paralela, recién asfaltada, cómoda y rápida, que indica con un letrero tímido que se está llegando a San Antonio Ilotenango. Desde la llegada, luego de violar una recta que se hace curva, comienza un pequeño descenso desde donde se puede apreciar la laguna que intenta resucitar cada invierno, para bien o para mal, en sus aproximadamente tres kilómetros cuadrados. Le llaman laguna “Las Garzas” y debe su nombre a que por las noches, se cuenta, llegan a descansar a sus seis islotes este tipo de aves que al amanecer vuelven a despegar. A sus alrededores se desvela en sueño el pueblo, con la mamá gallina de la iglesia rezumando blancura recién encalada a la mitad.
La laguna es gris desde las alturas, plateada desde su seno en la lancha cuando va cayendo el sol, café en su cotidianidad y verde en su tristeza. Por mucho, o quizás poco, casi siempre es poco, que se ha trabajado por hacer de ella un atractivo turístico, las lluvias que si bien, incrementan su pequeña profundidad que según el lanchero, es apenas de dos o tres metros, estas traen consigo los químicos utilizados en fertilizantes y todo tipo de contaminación que a principios del 2011 fueron para los tunecos un primer grito de auxilio al llenarse toda ella de una sustancia verde y ligosa que mató a gran parte de la población de tilapias que dejaron de pescarse por un tiempo por temor a que el agua hubiese sido envenenada intencionalmente.
Hoy por hoy se observa un esfuerzo por mejorar los alrededores de Las Garzas, el agua ahoga al sol en su usual tono barro, patitos como de tinta china se pierden entre los chayes del agua si uno no frunce la vista, grupos de adolescentes sanantonianos, disculpas por si empleo mal el gentilicio, pescan en las orillas o en las pequeñas islas del centro, a la sombra de los árboles, asando su fortuna sobre el carbón que chispea risas y en algunos enamorados, más alejados sobre la hierba, besos al son de un celular que encierra a El Buki. Una especia de malecón recién construido recorre el costado oriental de las aguas y la basura, aunque camina con uno el camino, pareciera estar siendo combatida, aunque no con los esfuerzos suficientes. San Antonio Ilotenango se resiste con dificultad por no abandonar de nuevo a su espejo de agua, en él está su reflejo y a nadie le gustar encontrarse al otro lado hecho un desastre. El juguete de los muelles, así de pequeños son, se balancean sobre el agua mientras esperamos a que regrese una de las lanchas y nos lleve a dar un breve recorrido de no más de diez minutos. La laguna está crecida, nos dice el lanchero, las lluvias del año pasado subieron el nivel de las aguas, va cayendo el sol y lo que parecía ser una moneda tirada e infravalorada a mitad de la sierra Chuacús refulge de pronto como plata en un retablo caído. Desde allí el pueblo se ve con otra perspectiva: las pequeñas casas de adobe custodiadas por la iglesia y su antiguo convento de rojas barandas de madera, sangre sobre la cal, las cuales custodian puertas y ventanas cerradas, don San Antonio Abad durmiendo adentro, dejándole a uno las ganas de saber un poco más de su historia y de los secretos que parecieran estarse negando en su interior a ser conocidos. Siempre que uno llega a un pueblo, quizás el más recóndito a nuestras postales y a la Guatemala desde la que los ignoramos, se debe conocer su iglesia, creyendo o no en sus misterios, pues debajo de las cruces y las hornacinas se ha guardado parte de la historia, o al menos se camuflajea en los detalles sin que muchas veces los propios lo sepan, como sucede en las estelas o las montañas que todo lo han visto pasar. De mi estadía en aquel pueblo, breve aunque exuberante en su simpleza, tan vecino y desconocido, el no haber podido entrar a ella es una de las razones que me invitan a retornar.     
El convento desde afuera se ve desierto y empobrecido por la sequía y el olvido, sus ventanas escupen noche y las casas contiguas parecieran estarse llenando como guacales bajo sus chorros de soledad.  Desde las aguas, antes de desembarcar, llaman la atención las construcciones modernas, las casas con balcones y colores de feria que no se hubieran podido construir sin que el hijo o el padre hubiese puesto siquiera un pie en Chicago o en Houston, desde donde seguramente añoran este chaye de Quiché donde la vida continúa pasando en una eterna lamida última de Semana Santa. Las casas antiguas dotan a la orilla del la laguna de ese fragmento de pasado conviviendo con un presente que se alejó en busca de una mejor vida, haciéndose poco a poco de blocks y concreto,  nuevas construcciones que rodean la plaza donde se estacionan unos cuantos microbuses que vienen y van a Santa Cruz y otros destinos aledaños. Para la fiesta patronal la misma debe llenarse de estertores y pasos de baile al compás de cumbias y marimbas y merengues encerrados en disfraces sofocantes, ridículos para algunos pero en el fondo, acaso una señal de que el mundo se olvida de lo pequeño y que aquel convite es la única manera de llevar Disney Landia a los sueños de los niños que con la televisión se olvidan poco a poco de soñar a los espantos. Mientras tanto, sólo el calor camina sobre la plaza. Los árboles de la orilla de la laguna platican como señoras refrescándose los pies. Es tarde y aunque hubiese mucho por conocer, queda poco tiempo para caminar por una calle que pareciera ser la única. La blancura de la iglesia perdura sola entre muros maquillados por la publicidad, aunque hay uno especial que rememora la infantilidad de aquel pueblo, un pueblo niño que observa al mundo tan grande e inalcanzable como es y que por eso, no lo olvida: en la pared de una escuela, San Antonio perdido en el cuello del mapa narigón del departamento, Quiché acostado entre los dos elefantes del mapa de Guatemala y su vez, el pájaro soñador, igual de perdido, en otro mapa de mil colores que representa a todo el globo cuyos continentes parecieran ser un caprichoso escupitajo, con todos los nombres que lo conforman enumerados abajo con esmero. Así, Iraq y Myanmar, Sudán y Bulgaria están allí. En la pared de la escuela municipal de San Antonio Ilotenango se recuerda al mundo, y no como en una postal.
Llegó entonces la hora de regresar a casa. El pueblo es comido por su propio agujero entre las montañas. Las ondulaciones calvas del sur de Quiché se cunden pronto con los bosques de Totonicapán. Me hubiese gustado comprobar si era cierto que las garzas llegan a la laguna de Ilotenango al anochecer.

***

Comparto con ustedes esta pintura. Es del pintor Eleazar Simaj y se llama, precisamente "San Antonio Ilotenango"
 

10 abril 2012

Crónica de mi viaje a México D. F.


Por Ástrid Ávila

Eran las 5:00 p.m. del Lunes Santo, cuando me encontraba en el aeropuerto de Guatemala junto a mi familia, esperando a que fuera la hora de abordaje del avión que nos llevaría a la ciudad de México. Intentando matar el tiempo, recorríamos las tiendas del “Duty Free” del aeropuerto, probando los exquisitos olores de fragancias nuevas, viendo los relojes de todas formas y colores, o simplemente quedando boquiabiertos con los exorbitantes precios de algunos productos. Tan entretenidos estábamos que en un abrir y cerrar de ojos, ya había llegado la hora de abordar el avión.
Todo fue muy bien durante el vuelo, y se pasó tan rápido que no pude ni terminar de ver la película que estaban transmitiendo en el avión.  Cuando el piloto estaba  en la fase de descenso se podía ver cada vez con más claridad la iluminación de la enorme e impresionante ciudad. Jamás había visto una ciudad tan iluminada por la noche.
Después del aterrizaje, recogimos nuestro equipaje, cambiamos algunos dólares por pesos y tomamos un taxi que nos llevó hasta el hotel. El hotel era bastante bonito y acogedor, por lo que al obtener las llaves de las habitaciones, fuimos directo a la cama.
La mañana del Martes Santo, el despertador sonó a las 7:30 de la mañana, pues todos debíamos estar listos y desayunados a las 9:30 a.m. para tomar el turibus que nos llevaría a los sitios turísticos más importantes de la ciudad. Así que después de haber tomado un suculento buffet mexicano nos dirigimos a la estación más cercana para tomar el turibus, el cual tenía dos niveles, y el segundo nivel era al aire libre para que se pudieran observar mejor los monumentos y sitios importantes. Este recorrido duró tres horas y media, parando en algunos puntos importantes como el Zócalo, la Catedral, El Palacio Nacional, El auditorio Nacional, El Bosque de Chapultepec, el Museo Soumaya, entre otros. Al final del día sentía que me había quedado sin pies de tanto caminar y, después de cenar unos tacos de nopal asado, y otros de alambre de queso, todos fuimos a dormir profundamente.
El Miércoles Santo, nuestro día también empezó desde muy temprano, pues los planes para esta mañana eran visitar la Villa de Guadalupe, en donde se encuentra la Basílica de la Virgen de Guadalupe y el cerro del Tepeyac, en el cual se le apareció la Virgen María a Juan Diego, para q    ue le pidiera al obispo que en ese lugar se construyera una iglesia. Al llegar a la Villa al primer lugar al que entramos fue la Nueva Basílica, en donde se encuentra la imagen original de la Virgen de Guadalupe en el manto de Juan Diego. Luego visitamos la Antigua Basílica, de donde fue trasladada la imagen de la Virgen, pues la Basílica se estaba hundiendo poco a poco, motivo, por la cual esta iglesia se miraba torcida. Al sonar las campanadas de las 11:00 justo en el medio de la Villa, había un reloj que narraba la historia de aquel lugar por medio de figuras animadas. Fue realmente interesante escuchar la historia y ver la creatividad de las personas para atraer la atención de los turistas. Por último subimos al cerro, en donde se encontraba otro templo, y desde donde pudimos ver gran parte de la ciudad desde arriba, además de eso pudimos observar una capa de smog que cubría la ciudad, aunque esta ya no estaba tan densa como en otros tiempos.
El resto de la semana continuamos conociendo lugares muy bellos como el Castillo de Chapultepec y la casa donde vivió Frida Kahlo con Diego Rivera, y otros lugares más alejados de la ciudad como Cuernavaca. Realmente cambió mi percepción sobre la ciudad de México, pues me di cuenta que hay muchos sitios hermosos por visitar, y es una ciudad histórica y culturalmente rica.