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22 octubre 2011

El Cerdito

Por Pablo De la Vega

Juan Carlso Onetti (1909 - 1994) es, tal vez, no un escritor condecorado, pero sin duda uno de los más prestigiosos de América Latina. Su obra abarca tanto cuento como novela, dónde destacan sus novelas La Vida breve y la trilogía de Santa María. Tuve, tiempo atrás, la oportunidad de leer El Astillero, y déjenme comentarles que la experiencia fue enriquecedora, ya que su prosa es dulce, pero al mismo tiempo, cargada de la nostalgia sentimental de su contexto. Él, como autor, es capaz de concordar el subjetivismo de los personajes con la lírica en el texto, creando mordaces, nostálgicos e irónicos textos plausibles alrededor del mundo. Sin duda uno de los más prestigiosos escritores uruguayos que haya existido. Este texto "El cerdito", contiene toda la fuerza irónica y literaria que caracteriza al autor, al mismo tiempo que funge como crítica social a la misericordia humana. ¡Disfruten de este téxto y cuidado con querer llenar el Cerdito!

El Cerdito 
Juan Carlos Onetti


La señora estaba siempre vestida de negro y arrastraba sonriente el reumatismo del dormitorio a la sala. Otras habitaciones no había; pero sí una ventana que daba a un pequeño jardín parduzco. Miró el reloj que le colgaba del pecho y pensó que faltaba más de una hora para que llegaran los niños. No eran suyos. A veces dos, a veces tres que llegaban desde las casas en ruinas, más allá de la placita, atravesando el puente de madera sobre la zanja seca ahora, enfurecida de agua en los temporales de invierno.

Aunque los niños empezaran a ir a la escuela, siempre lograban escapar de sus casas o de sus aulas a la hora de pereza y calma de la siesta. Todos, los dos o tres; eran sucios, hambrientos y físicamente muy distintos. Pero la anciana siempre lograba reconocer en ellos algún rasgo del nieto perdido; a veces a Juan le correspondían los ojos o la franqueza de ojos y sonrisa; otras; ella los descubría en Emilio o Guido. Pero no trascurría ninguna tarde sin haber reproducido algún gesto, algún ademán de nieto.


Pasó sin prisa a la cocina para preparar los tres tazones de café con leche y los panques que envolvían dulce de membrillo.

Aquella tarde los chicos no hicieron sonar la campanilla de la verja sino que golpearon con los nudillos el cristal de la puerta de entrada, la anciana demoró en oírlos pero los golpes continuaron insistentes y sin aumentar su fuerza. Por fin, por que había pasado a la sala para acomodar la mesa, la anciana percibió el ruido y divisó las tres siluetas que habían trepados los escalones.

Sentados alrededor de la mesa, con los carrillos hinchados por la dulzura de la golosina, los niños repitieron las habituales tonterías, se acusaron entre ellos de fracasos y traiciones. La anciana no los comprendía pero los miraba comer con una sonrisa inmóvil; para aquella tarde, después de observar mucho para no equivocarse, decidió que Emilio le estaba recordando el nieto mucho más que los otros dos. Sobre todo con el movimientos de las manos.

Mientras lavaba la loza en la cocina oyó el coro de risas, las apagadas voces del secreteo y luego el silencio. Alguno caminó furtivo y ella no pudo oír el ruido sordo del hierro en la cabeza. Ya no oyó nada más, bamboleó el cuerpo y luego quedó quieta en el suelo de su cocina.

Revolvieron en todos los muebles del dormitorio, buscaron debajo del colchón. Se repartieron billetes y monedas y Juan le propuso a Emilio:

-Dale otro golpe. Por si las dudas.

Caminaron despacio bajo el sol y al llegar al tablón de la zanja cada uno regresó separado, al barrio miserable. Cada uno a su choza y Guido, cuando estuvo en la suya, vacía como siempre en la tarde, levantó ropas, chatarra y desperdicios del cajón que tenía junto al catre y extrajo la alcancía blanca y manchada para guardar su dinero; una alcancía de yeso en forma de cerdito con una ranura en el lomo.
FIN

14 octubre 2011

Sacra Roma

Por Pablo De la Vega

ARCOS ROMANOS

En la grandiosa iglesia romana se aprietan los turistas
En la penumbra.
Cúpula abierta tras cúpula y sin panorámica.
Algunas llamas de cirios titilan.
Un ángel sin semblante me envolvió
Y me susurró a través de todo el cuerpo:
“No te avergüences de ser persona, ¡sé orgulloso!
Dentro de ti se abre cúpula tras cúpula infinitamente
Tú nunca estarás completo, y así es como debe ser.”
Yo estaba ciego de lágrimas
Y fui empujado a la soleada piazzan
Junto a Mr y Mrs Jones, Herr Tanaka y
Signora Sabatini
Y dentro de todos ellos se abrió cúpula tras cúpula infinitamente
-Tomas Tranströmer-

Este poema de Tomas Transtromer ma ha gustado mucho por la manera cómo narra acerca de la Iglesia y, desde un punto de vista crítico, puede tomarse como un juicio hacia lo turístico que hoy en día se ve en las Iglesia romanas, dejando por un lado el aspecto religioso y enfocándose en el comercio. Así, llamé a la Musa, quién me dictó estas palabras:

Vetusto templo de sonoro canto,
que ora cual murmullo de jubiloso peregrino.
Los ecos que retumban, se acallan lacerados,
de venablos que significan;
de vocablos que cortan.
Altar recóndito, dosel de cielo
que al cielo esconde en ebúrneo pecho.
Y la oración seguía palpitante,
por lúciferos ataques de negros cirios.
"Brío y garbo te nacen, alma en pena,
no peques más por ignorancia"
díjome el angel, bañado de plumaje,
y llorando el alba refulgente.
Miraba y no veía, obsecado de alma.
Los trompicones, sus escudos, me sacaron
del nido de ambrósia.
Llegué con Juan, Pedro y María, homónimos acaso.
de apellidos Perez, Reyes y López.
Y la Iglesia decaía, y el templo seguía llorando.

03 octubre 2011

La lectura

Por Pablo De la Vega

Para mi la lectura es la exteriorización de toda una forma de vida, ya que no solamente es un medio de expresión artística, sino que también es una forma existir. Mis lecturas empezaron hace no mucho, cuando tenía 15 años, y desde entonces he utilizado el mismo método, el más confiable. La manera cómo leo es peculiar, porque mis lecturas son espontáneas, cuando me llaman los libros. Espero que más de alguna vez les haya pasado que repentinamente se encuentran en una librería, una biblioteca o frente a algún cúmulo de libros y agarrando uno por uno, de pronto toman un ejemplar que les llama la atención, es ese no se qué que pasa cuando uno se enamora, sentís que te llaman, que querés estar con quién te llama y así, cuando oigo esos gritos del libro, empiezo a leerlo.
En cuanto a mis lecturas, son variadas y pluritemáticas. Me gusta mucho la prosa francesa: Balzac, Gautier,Hugo, Moliere, entre otros perínclitos estetas. La poesía es de mis predilecciones, especialmente el siglo de oro español, el romanticimo y la mística española y alemana. Aquí les comparto un fragmento de uno de mis escritores más admirados: El marqués Auguste de Villiers de L'Isle-Adam y uno de sus más fascinantes cuentos: Vera.


"Se levantó y en el espejo azulado se vio más pálido que de ordinario. Introdujo un brazalete de perlas en una copa y miró atentamente las perlas. Las perlas conservaban todavía su tibieza y su oriente se veía muy suave, influido por el calor de su carne. Y el ópalo de aquel collar siberiano, que amaba también el bello seno de Vera, solía palidecer enfermizamente en su engarce de oro, cuando la joven dama lo olvidaba durante algún tiempo. Por ello la condesa había apreciado tanto aquella piedra fiel. Esta tarde el ópalo brillaba como si acabara de quitárselo y como si el exquisito magnetismo de la hermosa muerta aún lo penetrase."

23 septiembre 2011

Amores astrales

Por Pablo De la Vega

Un día Selene fue con DIOS para hablarle sobre la monotonía de su existencia: -PADRE: ¡Ya me cansé de estar corriendo tras aquel que, por llevarselas de iluminado, no me hace caso! ¡El ciego con el arco tiene la culpa, no sabe a dónde puntar! ¡Niño jodido, voy a increparle por su negligencia!- Y desde ese día en que la Luna fue por el Vendado, las estrellas lloran porque la Noche ha perdido a su Niña.

24 agosto 2011

Sobre el monstruo del que hablan los poetas

Por Pablo De la Vega

Hipogrifo liviano, 
híbrido, del cielo soberano
y del equus celerípedo; 
cuadrúpedo o bípedo, 
Si enhiesto se declama, 
o andando se acelera; 
ora corriendo libre en la pradera 
ora volando hacia el empíreo que le llama.


¡Grita, despavorido!, 
y que al jinete le llegue el alarido
para que, en tu lomo
cabalgue, y en presto asomo
su rutilante yelmo alumbre
¡y el plectro volátil se ilimite!
¡Y al aedo a escribir lo incite
tus cantos de admirable mansedumbre!


¿Acaso no lo hiciste
ya en los Versos en que a Eneas condujiste?
¿O en los de Orlando enamorado, 
al igual que el Rogelio Angelicado
mas no correspondido? 
Pues del trino sonoroso y del más melifluo mosto
es Latina pulpa e italiano ruido
el Virgileado pomo, citareado Ariosto. 

08 abril 2011

Pablo De la Vega - John Keats

Por Pablo De la Vega

Texto:
John Keats - La caída de Hiperión: un sueño


"Tienen los locos sueños donde traman
elíseos de una secta. Y el salvaje
vislumbra desde el sueño más profundo
lo celestial. Es lástima que no hayan
transcrito en una hoja o en vitela
las sombras de esa lengua melodiosa
y sin laurel transcurran, sueñen, mueran.
Pues sólo la Poesía dice el sueño,
con hermosas palabras salvar puede
a la Imaginación del negro encanto
y el mudo sortilegio. ¿Quién que vive
dirá: "no eres poeta si no escribes
tus sueños"? Pues todo aquel que tenga alma
tendrá también visiones y hablará
de ellas si en su lengua es bien criado.
Si el sueño que propongo lo es de un loco
o un poeta tan sólo se sabrá
cuando mi mano repose en la tumba."


Uno de los más exultativos poetas románticos en la historia de la Literatura, por tanto, uno de las más conmovedoramente bellas almas que han vagado por esta lacónica existencia, John Keats fue uno de los tres grandes poetas del Reino Británico del siglo XIX, junto con el donjuanoso Byron y el apasionante Shelley.

Ahora, este corto fragmento viene a ser la prima estrofa de uno de sus más grandes poemas: La caída de Hiperión: un sueño. Sin embargo, todo lo que engloba estos versos es una de las más exactas definiciones de un poeta, e incluso, me atrevería a decir, de un escritor: un loco elíseo de una secta que trasunta sus ensueños. Pero, me disculpo de antemano si esta complicada conjunción de ideas exhorta a los más mundanos a pensar que el escritor es un loco (literalmente “loco”) que escribe lo primero que viene a la mente. ¡No! Un literato es mucho más que todo eso. Un verdadero escritor es un traductor. El escritor traduce aquello que le es dado mediante representaciones empíricas, lo cual incluye el reino de morfeo, pero que, a diferencia del resto de seres humanos, entiende. El oficio de un traductor es comprender en un idioma algún sistema de signos y convertirlo a otro. Así, el escritor viene a ser el traductor de la existencia. Ahora, sucede lo más simpático en esta cuestión. Así como existen diferentes idiomas, existen diferentes lenguajes en la existencia. Aquí entra la labor del Poeta. Este, por tanto, es el más eximio de todos los traductores, puesto que convierte a un lenguaje comprensible el más difícil de todos los lenguajes posibles: el lenguaje de los sentimientos. Y digo que este es el más difícil porque es el más amplio y ampuloso de todos, ya que es inmanente a su esencia abarcar la totalidad de singularidades emanadas de cada entidad constituyente al género humano.

Ahora, tal vez la traducción (la cual me disculpo de nuevo por no ser tan concreta y exacta como hubiera querido) sea esquiva a la tonalidad y melodía de un poema inglés recitado en el refinado acento británico pero, para los que dominen el idioma bretón (bretón porque es muy diferente a la ominosa lingüística del norte imperativo) será una delicia recitar estos versos:

"Fanatics have their dreams, wherewith they weave
A paradise for a sect; the savage too
From forth the loftiest fashion of his sleep
Guesses at Heaven; pity these have not
Trac'd upon vellum or wild Indian leaf
The shadows of melodious utterance.
But bare of laurel they live, dream, and die;
For Poesy alone can tell her dreams,
With the fine spell of words alone can save
Imagination from the sable charm
And dumb enchantment. Who alive can say,
'Thou art no Poet may'st not tell thy dreams?'
Since every man whose soul is not a clod
Hath visions, and would speak, if he had loved
And been well nurtured in his mother tongue.
Whether the dream now purpos'd to rehearse
Be poet's or fanatic's will be known
When this warm scribe my hand is in the grave."

Ahora, toda la carga poética: ese sentimiento que va más allá de cualquier trasfondo tosco y desencantado, pues se presenta descollando en sutilezas y verdades, es percibido claramente en estos versos, ya que la calidad del poema fue engendrado en toda la infusión aciaga de una desdichada entidad. ¿No se han dado cuenta, acaso, que los más briosos escritores han poseído existencias onerosas? Y es porque en la duna que inflige al nómada mientras vaga en el desierto, donde encuentra la necesidad de la esencia y la conoce, se hace ella, parte de ella y la transmite a los demás para mostrar la verdadera faz de esta hermosa existencia. 

03 abril 2011

Sentimiento Ajeno

Por Pablo De la Vega



Cierto mozo andaba aquel día, 
por la calle, deferente
de cualquiera que pasaba, gente,
y con la que todos gustan, alegría, 
él saludaba y aludía
con garbo y exaltación 
de tan elocuente educación
a todo el que veía:

"Buenas tardes, caballero
y señorita, las muy buenas
tardes, que son apenas
las dos en el relojero"

Empero quien lo oteara, bellaco,
no le correspondía el saludo, 
sino, con ira de maniaco, 
enfuriábase del hombre, 
gritándole -¡En el nombre, 
de tu madre, testarudo,
calla de una vez, 
antes de que den las tres!-

Era en dicha hebdómada, 
en la que todo, más lento, 
volvíase, y el atento,
de los demás humanos
(a quienes llamaba hermanos
el fallecido nómada
de este mundo), 
notaba el sentimiento profundo, 
que atendían, sin entender, 
de la significación que ser.

El uno lo tenía cual"cogitatum", 
discuriendo sobre dicho fátum, 
mas superfluo, algotro,
pensaba en el robre erguido, 
en que el humillado "no-servido"
sucumbió de este mundo al otro, 
y el que faltaba, más hambriento
gozaba de que su estado, 
se conmemorara en aspaviento
con frutillas y pescado.

Pero la realidad mas verdadera
y la verdad más real
no era el sentimiento vanal, 
si no el que garbo celestial 
a todos difundiera, 
representado, verbigracia, 
en el más despreciado (por desgracia)
ya que dichoso era su estado. 
Y este joven bienhadado
es ejemplar de lo que ha visto:
amor, pureza y felicidad, pasión.
Pues en este mundo la verdad
no es lo que presenta la hermandad
sino la realidad del corazón
por el advinimiento de Cristo

05 marzo 2011

Complicación Culterana

Por Pablo De la Vega


En luenga trama hallose furibundo,
bardo nocturnal, meditabundo;
celoso andar con cada paso se tejía,
célere de noche, cuando parsimonioso al día.
Denuestos emergían de su boca:
nombre profano es cutis de roca,
e imprecación dolosa, cancioncilla
que este poeta presenta cual letrilla.
Andando do empíreos son tortuosos
y los claros caminos majestuosos,
topose luego con cierto mozalbete,
imberbe burdo disfrutando de la quiete.
Intercambiaron sus miradas, torva una trocase,
la otra diurna y centellante presentase.
Ésta, pomposa emanación de sus candores
en divinal exultación de trovadores  
y la otra, nigérrima, universalidad oteada
en cualquier paupérrima alma denostada. 
Jocoso el niño menciono al letrado
una pregunta que trastocó su estado:
-Doctor, si oro al oro es y lino al lino
¿cual es más valioso, cuál más fino
comparándolos con rosas y claveles,
arboledas exímias y laureles,
para los ojos que ora lo vislumbran
como lampíridos en el camino alumbran?-
Aedo pensando es lira iluminando,
callando a cuanto bellaco hablando,
pues charlatán sutilmente es sofista
con deleble pluma, fracasado artista;
a estos falaces, el escriba verdadero,
en el caligráfico estilo de su fuero
corrige para enseñar lo que es verídico
pregonando la esperanza a lo fatídico.
El, respondió entonces, culterano
a la cuestión que formuló el aldeano. 
-De lo humano, la vida, antonomasia,
empero, a guisa de paronomasia,
es confundido con el término mundano,
metamorfoseando lo tosco por lo sano.
Por lo que culta y sonora, cosa agreste
parécese motiva, vitalista aqueste,
pero la vida es vida y vale más por vida
y no dádiva sea vida, por más que se le pida.-
Corta cortó el canario la corteza,
y el orto apartó con cálida presteza,
la nocturna nubosidad de la ignorancia
aparecida en mientes, cual estancia
en la que se aparca meretriz lozana.
Parece apetecible, pero no más sana.
Siguió el hombre calvo su camino,
y siguió el aficionado su destino.
Si yo soy este aficionado esteta,
¿quién será el que me habló, poeta?


18 febrero 2011

De Cavernas y Melodías

*Por Pablo De la Vega            

El fuego tocaba su rostro, lo encendía, le daba el bochorno carmesí que lo transfiguraba en aquella entidad divina, por más humano que fuese. Sin embargo su cuerpo seguía congelado. Las manos tiritaban al ritmo del viento, que resonaba cual piano desarrollando un waltz. Llevaban horas perdidos en aquel gélido lugar, que de calígine se llenaba por sus espacios boscosos. El cuerpo tiene dentro de sí el sistema circulatorio; el bosque tiene para sí el sistema vendaval: ambos muévense en infinito correteo, cual si niños fueran, andando por los pasillos del hogar. Él se arrimó a su hermana, la cual mostraba aquel imperterrimiento en sus ojos, inamovible del pequeño tronco en el que estaba, y le susurró al oído —Voy por algo de comer.― Ella no le respondió, al menos con los labios, pues sus ojos le frasearon —Está bien pero, niño, ten cuidado, no te vayas a perder—. Levantose entonces, sublevándose contra el músico imperativo, emisario de verbosidad en 3/4 y se dirigió a través de su pentagrama metafísico. Avanzando por la música nubosa, los sostenidos le obligaban a mantener el ritmo: un, dos, tres; un, dos, tres; un, dos, tres. Cada tiempo era particular: el uno un escalofrío, el dos un cuchicheo repentino y el tres un súbito temblor. La única forma de lograr pasar sin dificultad era bailándolo, y él, hijo de un “hada de azúcar”, sabía armonizarse en dichos movimientos. Así iba danzando por el bosque, buscando comida, cuando de pronto se encontró con un frondoso ramaje. Aquí la música cesó de golpe. ¿Qué sucedía? Empezaba a templarse su organismo, agarrando el color propio de los cuerpos calientes. Pero, ¿qué pasaba? En ese momento parecía que el arbusto era el sidéreo círculo que tanto añoraba, emanador de lucíferos calores. Él se acercó, admirado del cambio que producía en su cuerpo tan singular fenómeno. De pronto, una inhalación proveniente de la vegetación lo inspiró hacia la oscuridad, donde yacían miríadas de fogosas esporas diamantinas, las cuales le quemaban la piel, lacerandola. Sumido en un desenfreno pasional, cerró sus ojos. La angustia carcomía sus órganos, el dolor sus gritos y la oscuridad su alma. Súbito, todo volvió a la calma. Abrió sus ojos lo más célere que pudo y vislumbró sus heridas. Pero nada. No tenía el más ínfimo esbozo de laceración alguna. — ¿Qué sucedía? — se preguntaba. Entonces, enfocó la vista hacia su entorno y diose cuenta que se hallaba en una Caverna. Empero, ésta, a diferencia de lo que se conoce comúnmente como Caverna, lúgubre y misteriosa, era, en contraste, alba y apacible. Imagínense que la noche fuera una extensa cuartilla blanca en la que se divisaran las estrellas negras cual basurilla del carbón, y la luna, en vez de ser el resplandor nocturno de la fémina, el espejo de los ojos de la amada, lo femenino, lo que a lo masculino más le recuerda lo femenino, fuera, nada más, una circunferencia vestida de negro, cual regordete gorila dibujado en el papel. Así mostrábase a sus ojos esta Caverna, la cual descendía en un luengo pasillo. Dándose cuenta que no había forma de salir de ella, él, dudoso, decidió bajar por sus rocosos suelos para ver si podría encontrar algo en sus profundidades. Caminando parsimoniosamente, por temor a ser inspirado de nuevo, lograba otear todos los fenómenos que presentaba la Caverna. De un lado moraban millones de diminutos murciélagos albinos de argenteado pelaje y zarcos ojos, los cuales volaban en formas naturales, emulando cataratas, ora rocas, ora árboles, ora humanos. En otro extremo se erguían medianos troncos con extremidades, los cuales cargaban florecillas marchitas y las llevaban a unos manantiales purificadores, en donde éstas, antes fenecidas, renacían en matices más luminosos y obtenían una vitalidad angelical. Cual si mucha sorpresa fuera esto, no había visto aún nada. En el borde de un charco hallábanse lustrosas rocas con bocas humanas, las cuales dábanse tan apasionados besos como en juvenil primavera el ruiseñor, con su pico enamorado, acaricia a su pareja; y en los mismo charcos los peces que ahí nadaban, de distintos matices, estallaban en multiplicación cristiana para crear nuevos pececillos, y así, infinitamente en un charco que borboteaba en arco iris. Pasando cerca, pero siempre con temor de los fenomenales seres que allí acaecían, él acercose al centro de la Caverna, donde había una pequeña pluma. Enclenque esta parecía de lejos, empero, al momento de tocarla, uno dábase cuenta de su vigorosidad. Puesto que la palabra escrita brota de la pluma y, aquella, es la más dañina de las armas, necesita del más fuerte portador para poder yacer templada antes de plasmarse en el papel en manifestación discursiva de las ideas más eximias e ingenuas. De pronto, esta pluma, púsose enhiesta y vociferó — ¡Intruso en la Caverna! ¡Aquí sólo pueden estar los escritores! — En eso, todas las criaturas voltearon hacia el joven los más torvos ojos jamás vistos por hombre y empezaron a dirigirse contra él, acometiéndolo furibundos, principiando la retahíla desastrosa. Él, en su debilidad, cerró los ojos y empezó a gritar. — ¡Ya cállate y déjame descansar! — dijo la hermana. En eso, él desarrebozó su rostro de la manta que lo cubría y despertó. Había sido todo un sueño. —  ¡Sofía! ¿Cuánto llevamos aquí?, dijo, sudando miedo y confusión. —Lo suficiente para que ya estés alucinando — dijo ella. —Duérmete, niño, ya pronto nos encontrarán—.   

*Pablo De la Vega regresa, desde la facultad de humanidades, con un cuento cavernícola en el cual nos muestra su lado fantástico. Qué piensan de esta visión de la Caverna clara y blanca? Será así nuestra Caverna?

27 septiembre 2010

Poesía: ¡Amor mío, al fin te apareces!

Por Pablo De la Vega

 
Desde la aurora te añoraba…
¡Amor mío, al fin te apareces!
De día y noche te buscaba,
por el cariño que mereces.

Con resonantes alaridos,
que te aludiesen muchas veces,
vociferé; despavoridos
de que al llamado no acudieses.

Pero cuando estaba el dolor…
¡Loado DIOS! Tras tantos meses,
te arrimaste, al fin, dulce amor,
para que nunca más te fueses. 

20 septiembre 2010

Lluvias e intenciones*

Por Pablo De la Vega**


La lluvia chocaba contra las láminas de acero, las gélidas calles y los tiritantes cuerpos, parloteando soeces palabras en melódica imprecación contra los dos pobres mozos que se cubrían con harapos de las ofensas del chubasco. Lívidos y desgraciados, los dos jóvenes vagabundos yacían bajo el dintel de un comercio, haciendo del lugar su único camastro. Hacía tres días que la lluvia no cedía; dos semanas que los cielos no clareaban, una vida que la desgracia acaecíales y, la tormenta, con cada gota de su mayestática entidad, les recriminaba las acciones del pasado. De pronto, por la esquina de la calle, se vislumbró una tremebunda mujer acercándose a los jóvenes, asiendo dos niños por los brazos, un ingente paraguas con la otra mano y, en los hombros, varias bolsas de supermercado y la cartera primordial. Uno de los mozos volteó la cabeza y, oteando a la mujer con parsimonia, prorrumpió una borrasca de maléficos pensamientos con más afluencia y precipitación que el chubasco que los asediaba. Mudando su rostro a un diabólico matiz, dijo a su compañero:

-¡Vos mirá lo que viene ahí! ¡Hueviémosle las bolsas y la cartera; mínimo carga unos cien pesos! Por andar con patojos va a soltar las cosas y, ¡ya la hicimos! 

El otro joven, acostado, cubriéndose la faz con un pliego de periódico, desarrebozó su rostro para ver la imagen descrita y, pensando a futuro, bosquejó durante un efímero momento las vicisitudes que proseguirían a la concepción del acto vandálico: el desembarazarse de sus secos mantos, que pronto cederían a los dominios acuáticos; el mojar sus vilipendiados andrajos;  el acercarse a la infortunada, bosquejando la intención; los helados niños esbozando en sus rostros los más aterrados gestos por la acción a cometer; el forcejeo malintencionado, sin llegar a los excesos dañosos, empero con consecuencias ponzoñosas para las víctimas; la estrepitosa huida bajo los siniestros goteos, lo que implicaba más denuestos por parte de la exacerbada tormenta, corriendo hacia ningún lugar, esperando encontrar ningún oficial que cuestione sus arrebatamientos; y, por último, pero meollo del cometido, el hecho de los objetos a encontrar, cayendo en la probabilidad de no hallar absolutamente nada valorable, por lo que todo el acto, desde el salir de su acogedora posición hasta abrir las bolsas para descubrir el contenido, habría sido una absurda estupidez. Llegando a esta conclusión, el aludido, en indiferente actitud, acalló al bellaco diciéndole:

-¡ah! ¡Dejalos vos! Hoy no…

Los niños y la madre ya se encontraban a pocos pasos de los desdichados, cuando, a ritmo de la niñez, el paso de los tres fue disminuyéndose poco a poco. En eso, los niños intercambiaron la mirada con los dos hombres acurrucados. La angelical presencia de sendos cuerpos hacía un ingente contraste con el desaliñado porte de los indigentes, como la diferencia entre el cielo diurno y el nocturno. De pronto, con un movimiento espontáneo, los dos niños metieron las manos a sus bolsillos y sacaron de ellos unas monedas que dieron a los cuitados con la más inocente sonrisa en el rostro; alejándose entre la borrasca. Confundidos y avergonzados, los dos pordioseros se miraron. Uno le dijo a otro:

- ¡Y vos que querías hueviarles! Ya viste, todavía nos aprecian en este mundo.

El bellaco no respondió, tomó sus mantos improvisados con cartones y se volteó en la dirección en que habían desaparecido los ángeles, sumergiéndose en un estado de compunción. La lluvia seguía cayendo, empero, ahora, en vez de imprecaciones, se presentaba mudándose en melifluas cataratas, prontas a parar de someter a los peatones.

 Guatemala, septiembre 2010


*¡Con este texto damos inicio a la publicación en nuestra revista literaria!
¿Qué impresiones te deja el cuento? ¿Qué piensas del estilo? ¿crees que es una realidad nacional?  te invitamos a que no pases por laCaverna sin comentar o dejar una crítica (constructiva, claro, con una explicación de por qué dices lo que dices). Todos tus comentarios son bienvenidos.
**Pablo De la Vega es estudiante de segundo semestre en la Licenciatura de Letras y Filosofìa de la facultad de Humanidades de la URL.