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11 marzo 2012

Cola de León


Por Miranda Navas

Tener clases con ese catedrático es un realmente tedioso. Habla, habla y habla sin parar. Dice lo mismo un millón de veces y de 40 formas distintas. Después de hablar por media hora acerca de algo relevante a la clase, pasa una hora hablando de su vida.
Como siempre, termino perdiendo el hilo de lo que trata de decirnos. Estoy aburrida y si tan solo no fuera de esos catedráticos que te da un sermón de la importancia de no salirse de la clase, porque podríamos “perder información importante”, me hubiera salido hace 30 minutos.
Detesto esa clase.
Jugar con el lapicero y hacer garabatos en mi cuaderno dejó de entretenerme hace 15 minutos. Volteo la mirada hacia la ventana. Estando en el edificio M, mi clase tiene vista al parque de la universidad. Por poco emocionante que sea, ver las personas caminar hacia sus carros es mucho más entretenido que escuchar atentamente a ese catedrático.
Es de noche y no falta mucho para el receso. Veo mi reloj y al ver que me he engañado a mi misma y falta muchísimo para el receso, vuelvo a mirar por la ventana. Todavía hay bastantes carros en el parqueo, pero se ve desértico. No hay nadie caminando por ahí, todos han de estar en clases.
Una sombra cruza mi vista a una velocidad desconcertante y pegó un brinco del susto.
A la distancia una sombra se movía y saltaba de auto en auto, escondiéndose en la oscuridad. Un escalofrío recorrió mi espalda y me paralicé en mi escritorio. No noté la bondad del catedrático al dejarnos salir temprano hasta que una amiga me sacudió.
-Venga, vámonos- me dijo.
Al despedirnos del catedrático, el licenciado pidió hablar con mi amiga. Con un ruego me dio las llaves de su auto para que fuera a traer su libro para la próxima clase. Estaba, según ella, en el asiento delantero.
Caminé con rodillas temblorosas tratando de tranquilizarme de que aquella sombra que había visto en el parqueo era puramente producto de mi loca imaginación. Ya me había pasado antes y no había motivo para creer otra cosa. Su auto, el último del parqueo, estaba bastante alejado y poco iluminado. Me dieron escalofríos nuevamente y apresuré el paso.
Metí la llave en la cerradura cuando escuché un golpe seco y se me heló la sangre. Levanté la mirada y en el techo del auto había un joven. Con la cabellera rubia casi hasta los hombros, dándole un aspecto leonino y feroz. Tenía una sonrisa torcida que mostraba un colmillo afilado. Lo más aterrorizante, sus ojos.
Uno azul como el cielo, otro de un marrón oscuro. Me paralizaron y me pusieron la carne de gallina con su mirada tan penetrante. Inclinó la cabeza, tal como haría un gato observando curiosamente a su dueño. La inclinó hacia el otro lado y se aproximo hacia donde yo estaba.
Dejé escapar un gritillo de terror, que apenas si podía escucharse con lo rígida que estaba y el nudo en mi garganta. Alzó su mano y me cubrió la boca.
-Miau, no grites- bufó.
De un salto bajo del techo del auto y se irguió  frente a mí. Fue entonces que noté la cola, una cola rubia que se movía de lado a lado, como la de un gato. Entonces me dio la vuelta y me apretó contra su pecho.
-          Si prometes no gritar, te dejaré ir- me dijo con un tono burlón. Asentí con la cabeza mientras temblaba de pánico.
Lentamente dejo de cubrirme la boca y de mis dedos me arrebató las llaves. Me empujó al asiento trasero y se montó el asiento del piloto. Encendió el motor a prisa y aceleró fuera del parqueo.
-          Déjame ir, no le diré a nadie que te he visto!- supliqué, tratando de abrir la puerta pero estaba cerrada con llave.
-          No, no, no haré semejante cosa- me dijo. –Eres la excusa perfecta para que dejen de atacarme con esos odiosos dardos. Tendrán miedo de lo que esas malditas drogas te harán a ti-
-          ¿De qué estás hablando?- pregunté, mi curiosidad superando mi deseo de escapar.
-          Tu tonto gobierno me ha tenido encerrado en una celda por demasiado tiempo, ¡no soy un juguete con el que puedan experimentar cuando se les de la gana!- exclamó con cólera, rugiendo gravemente.
-          Estoy harto de ese laboratorio y no me harán regresar- exclamó.

Lo observé anonada. Experimentos, laboratorios, el gobierno, todo parecía sacado de una película de Ciencia Ficción que no había tenido tiempo de ver.
-          ¿Qué eres?- pregunté con manos temblorosas.

El joven levantó la mirada y me miró fijamente por el retrovisor. Sonrió, nuevamente enseñando sus colmillos.
-          Esa no es la pregunta correcta- dijo sarcásticamente. – Deberías preguntar QUIÉN soy, no qué. Tal vez seré un leónida pero también soy hombre- dijo entredientes.
-          ¿Quién eres?- pregunté cautelosamente, temiendo enfadarlo aun más.
-          Soy Leo- respondió, con una risa irónica.
-          Qué vas a hacer conmigo?- pregunté temerosa.
-          Nada malo, cariño, eres mi boleto a la libertad- la sonrisa en su rostro me helo la sangre, pero extrañamente al verlo a los ojos, me tranquilicé. Había algo en ellos que le daba cierta bondad a las palabras venenosas que salían de sus labios.

Había escuchado noticias, visto los reporteros hablando acerca de un robo en una sede del gobierno poco conocida. Algo acerca de experimentos, que había un fugitivo. Mostraron un bosquejo de su rostro, no muy parecido a la realidad. La descripción era bastante específica y nadie coincidía. No pensé que perdería mi ultima clase del día, di que terminaría en la parte de atrás de un coche con aquel fugitivo. No pensé que fuera a pasarme eso, que me volviera parte del reportaje y me volviera un rehén de ese fugitivo. Pero tampoco pensé que conocería a Leo y conocería realmente lo que era un leónida…
Continuará.

26 febrero 2012

Bolitas de Papel y Cigarros


Miranda Navas

13 de Junio, 2008

Caminé al tercer nivel del Edificio de Psicología aquel sábado por la mañana. Iba camino a mi clase de francés con mis recién hechas amigas. Hacía poco que había empezado ese curso con el grupo de adolescentes, después de haber cometido el error de asignarme a la clase de adultos. Aún sentía extraño el no tener que pasar tanto tiempo sola y sin amistades.
Siendo mis nuevas amigas, no les comenté que deberíamos entrar a clase hasta el último momento posible, por lo que ya íbamos tarde. Subimos las escaleras sin apuros y al entrar a la clase, la maestra no nos dio gran alboroto. Nos vio de reojo y continuó con su clase. ¡Gracias a Dios nos dejó entrar sin miramientos!
Habiendo llegado tarde, tuvimos que resignarnos con los asientos de atrás, donde varios están desnivelados y muchos tienen demasiados mensajes escritos en marcador indeleble. Estuve a punto de sentarme en una silla que iba a desplomarse debajo de mí antes de que Ana me advirtiera y señalará un asiento libre. Las demás se fueron al otro lado de la clase, buscando los pocos lugares libres que ahí quedaban.
Fue entonces que lo ví.
No era la primera vez que lo veía en mi clase, pero era la primera vez que lo tenía tan cerca. Su cabello negro caía sobre sus ojos azules y su mirada estaba fija en la pizarra, donde la maestra trataba de explicar el pasado compuesto en francés. Lo había visto siempre a la lejanía, tenía una voz grave y masculina que parecía tener una pizca de jovialidad oculta, con pantalones de mezclilla desgarrados y tenis negros.
Me di cuenta que no me había sentado, y queriendo evitar que él viera mis mejillas sonrojadas, me senté detrás de Ana en vez del asiento libre junto a ella, y junto al misterioso chico de mi clase de francés. Típico de Ana, no me dejó estar tan lejos y me forzó a sentarme junto a ella para tener a quien copiarle notas cuando perdía el hilo de lo que la maestra explicaba.
No me estaba poniendo atención, no que tuviera motivos para hacerlo. Era joven y poco atractiva en mi opinión, una chica normal de 16 años. Mis manos temblaban debajo de la mesa mientras trataba de enfocarme en la estructura del pasado compuesto y no en su espalda ancha y cómo mordisqueaba su lapicero tratando de entenderle a la maestra.
Nos dejaron un ejercicio, bastante simple para variar. No tuve que preguntar a alguien se había que hacer lo que creía haberle entendido a la maestra, una primera vez en lo que llevaba del curso. Empecé a trabajar y me sorprendió que alguien se aclarara la garganta demasiado cerca de mí. Levanté la mirada para encontrarlo apoyado sobre mi escritorio viéndome directamente a los ojos.
Por un segundo perdí el hilo de lo que me preguntó, hipnotizada por la profundidad de sus ojos. Me preguntó acerca del ejercicio, sacudiendo la cabeza me concentré en responderle. Con voz temblorosa, le expliqué lo que había que hacer observándolo de reojo. Lo tenía demasiado cerca como para estar relajada.
Fácilmente perdía la concentración cuando se movía, cuando podía ver la piel pálida de su cuello o las escasas pecas de su rostro. Me sonrió y por un segundo olvidé lo que acaba de decir. Regresó a su asiento y con manos temblorosas traté de terminar el ejercicio lo mejor que pude, era muy difícil pensar en cómo escribir los verbos que me pedían después de interactuar con él.
Con otra breve explicación, la maestra nos dejo otro ejercicio. Un ejercicio oral en parejas, responder preguntar directas. Nuevamente se inclinó sobre mi escritorio, señalándome en mi libro una pregunta difícil de entender, que tampoco había podido descifrar todavía.
Ambos lo buscamos en el diccionario y al no encontrar una respuesta, mordisqueándome el labio lo miré excusándome. Me sentía culpable, quería ayudarlo más. Para cuando la maestra pasó asignándonos otro ejercicio, ya me había perdido observándolo y no escuché. Mientras Ana hablaba con el chico sentado delante de nosotras, buscando qué ejercicio teníamos que hacer, él se me acercó nuevamente.
El tenía que hacer un ejercicio diferente al mío, pero era sencillo de entender. Olvidando que yo también tenía trabajo por hacer, me puse a explicarle su ejercicio. Ana, mi amiga, me intimidaba. Era de esas muchachas que podía acercarse a cualquier chico, hablarle y terminar con una cita para el siguiente fin de semana. Siendo esa su personalidad, al verme hablar con él, se nos acercó y se incluyó a sí misma en la conversación.
Quería asesinarla.
La conversación se desvió del ejercicio que teníamos que hacer y pronto, quedó completamente olvidado. Al principio tenía culpa, no era de las que no hacía los ejercicios en clase o las tareas. Era una chica aburrida y buena estudiante.
Estaba tan desesperada, quería que volviera a ponerme atención, que volviera hablarme que mandé por la ventana mi culpa para continuar la conversación con ellos. Ana hablaba y hacía preguntas, mientras que yo me quedaba callada la mayoría del tiempo.
Me sorprendió que él se tomara la molestia de hacerme preguntas a mí, de preguntar donde estudiaba, que me gustaba hacer. Con el pasar del tiempo, surgieron bromas y coqueteos. No me sentía yo misma, sentía que era otra persona completamente diferente y la tímida chica aburrida que era, no estaba presente.
Fue entonces que me pregunto mi nombre de repente, por un segundo no pude responderle, y con la voz temblorosa dije: Miranda. Una sonrisa se dibujo en su rostro y por un instante me ilusioné que tal vez pudiera llegar a interesarse en mí.
Era dos años mayor que yo, estudiando para ser chef en la Universidad. Fumaba y su sueño era ir a Madrid. Al dar las 10, todos salimos a estirar las piernas y a comer algo por el receso.
Siendo nueva en el grupo, temí alejarme demasiado pronto y perder a las únicas caras familiares que tenía en ese lugar. Seguí al resto de las chicas a hacer fila en la cafetería y resistí las ganas de callarlas cuando empezaron a molestarme por haberle hablado al chico, que para entonces conocía como Isaac. Diana, siendo algo egocéntrico, cambió repentinamente el tema cuando nos preguntó quien tenía un cigarro.
Sentí un nudo en la garganta cuando me di cuenta de que Diana se alejó de nosotras para acercarse a Isaac y pedirle un cigarro. Quería ser ella y eso que detestaba fumar. Era extraño, sentir esa atracción por Isaac cuando nunca había sido de las que iba detrás de los chicos malos que fumaban y bebían en las fiestas.
Pero se veía tan relajado, recostado contra la pared del edificio, con un cigarro entre los dedos sin importarle lo que el mundo pensara de él. Al sentarnos, me aseguré de darle la espalda. Las rodillas me temblaban y sabía que si volteaba a ver, sería demasiado obvio que el rubor de mis mejillas era por él.
Al dar las 10:30, empezamos a regresar a la clase. Para mi martirio, Ana iba a mi lado y con un codazo, me señaló que iba delante de nosotros. Su sonrisa pícara y el comentario que hizo acerca de su físico, me dejó con un nudo en el estómago. Nunca había sido de las que hacía ese tipo de comentarios tan sinvergüenzas.
Al sentarme nuevamente en mi asiento, tomé un trozo de papel y empecé a hacer bolitas. Estaba nerviosa y el tiempo que había pasado lejos de él, no había ayudado a relajarme. Lo observaba de reojo constantemente y fue así que noté que estaba aburrido, cuando recostó su mentón en sus brazos sobre el escritorio. Parecía que estaba a punto de quedarse dormido.
Sin pensarlo, le tiré una bolita de papel despreocupadamente y le alegué que no se durmiera.
Así empezó una guerra de bolas de papel, donde me distraía de mi labor de hacer más y más bolitas de papel al ver como la sonrisa tan jovial y pícara de su rostro al tirarme una bola de papel al rostro. En un momento de distracción me robó casi todas mis municiones.
Quise recuperarlas pero ya era tarde, me sonrió santurronamente y se quedó con mis bolitas de papel. Queriéndome vengar, robé su mochila del respaldo de su silla sabiendo perfectamente que su libro estaba en su mochila y teníamos nuestro examen parcial la próxima semana.
Al terminar la clase, Mónica me llamó para irnos. Me quedé esperándolo en el primer nivel esperando que quisiera recuperar su mochila, pero nunca apareció. Cuando fue hora de que mi padre pasará a recogerme en la esquina afuera de la Universidad, ahí estaba él parado.
La guerra no ha terminado, le dije bromeando y fue entonces que mi padre se estacionó frente a mí y solo pude observar cómo se alejaba cada vez más.
En un día, me enamoré del chico malo de la historia, el que fuma detrás del edificio y tiene los pantalones de mezclilla rotos. No era que realmente esperará que algo fuera a ocurrir entre nosotros, pero uno puede soñar despierto… ¿No?




18 febrero 2012

El niño de mente callada - Fotografías


Por Miranda Navas García

“El Niño de Mente Callada”

El amanecer estaba cerca, ya era hora.
Sentado estaba yo, ahí en la cima del mundo,
Donde nadie ve, donde nadie oye,
Ahí donde las luces de la ciudad no alumbran.
Ahí estaba yo viendo la luna esconderse
Y las estrellas derramar lágrimas de luz.

Deje caer mi cabeza con cansancio,
Otra noche en vela,
Otra noche sintiendo el aroma a mar.
Otra noche aquí en los tejados de la ciudad,
Derramando aquello que guardo en mi corazón.

Mil preguntas sin contestar, eso es lo que tengo.
No sé los secretos que guarda bajo llave,
No sé las inquietudes de su alma,
¿Por qué será que no me dice nada?
¿Por qué será que no me cuenta nada?

Como me carcome el alma cuando baja la cabeza,
Cuando se muerde el labio o aprieta los puños,
Silencia sus pensamientos y no dice nada.
Como desearía saber en qué medita tanto
Ese niño de mente callada.

Sé que tiene mucho en que pensar,
Siempre lo encuentro sumergido en su propio mundo,
Perdido entre los mares de sus reflexiones,
Conmigo a su lado, derramando una lágrima,
¡Porque aún no sé en que está pensando!

Quiero que me confiese todo aquello que no ha dicho,
Quiero saber que lo hace reír o llorar,
Quiero saber donde tiene cosquillas, pero sobre todo,
Quiero que ya nunca se calle nada conmigo.
Pero siempre azota la puerta con brusquedad,
No deja a nadie entrar en su cabeza,
Quien sabe por qué se aferra con tanta rudeza
A esos misterios que tiene guardados muy dentro.

Nunca vocearía a los cuatro vientos esos secretos,
Pero alentaría sus palabras, que salgan de sus labios
Quiero escuchar lo que tiene que decir,
Saber que maravillas encierra su corazón,
Saber si mis sospechas tienen algo de verdad.

Pero sigo sin saber en qué es lo que piensa
Cuando tiene la mirada perdida,
Cuando se mordisquea el labio
O cuando cierra los ojos y suspira.

Mi anhelo es que tal vez piensa en mí,
Que se pierde en las fantasías de nuestro futuro,
Que anhela el día en que le robe un beso,
Y que tal vez por eso es tan silencioso,
Porque, si tengo suerte,
También quiere saber que estoy pensando
Cuando me pierdo en la mirada
De mi niño de mente callada.

***

2

“Fotografías”


En aquel lugar hay un monumento en tu memoria,
Lo han levantado justo al salir tu triste esquela,
Y para apaciguar la lágrima de mi rostro tan notoria,
Pegaron tus fotografías y encendieron una candela.

Están ahí para que el mundo entero pueda ver
Lo que tú y yo pudimos llegar a tener,
Incluso lo que tú y yo algún día íbamos a ser.
Que el tiempo no iba a alcanzarnos, quien lo iba a saber.

Hay fotografías de ti,
Hay fotografías de mí,
Fotografías que prefiero dejar de mi mente fuera,
Y no verme atormentado por esos momentos ya pasados.

La vida te robo de mis brazos antes de tiempo,
Antes que me diera cuenta que mi futuro era contigo,
Antes de que entendiera que había tan poco tiempo,
Y te pidiera que te casaras lo más pronto conmigo.

Hay fotografías de ti,
Hay fotografías de mí,
Fotografías que me acuerdan de ti,
Y me dicen que la muerte te alejó de mí.


Esas fotografías se quedarán de recuerdo,
De recuerdo que ya no hay un “tú y yo”.
Todos dicen que del dolor ya no estoy cuerdo,
Pero quien lo estaría si sufrieran como lo he hecho yo.

12 febrero 2012

"El Resto de su vida: Día 1"

Por Miranda Navas



Iba yo caminando alrededor de su alcoba, hacía mucho que se había marchado, a aquél lugar donde dicen hay más luz que la que da el sol, donde aquellas almas adoloridas descansan después de una larga vida. No podía negar que lo extrañaría por el resto de mi vida. Pero de alguna manera, me gratificaba ser yo quien cargara con el sufrimiento de perder la otra parte de su alma. Y mi consuelo yacía en que, fuera donde él estuviese, él no tuviera porque soportar el pesar de mi partida.  
Muchas personas se encontraban desconcertadas por mi reacción ante su muerte, no hubo más que una noche de llanto, no hubo sollozos ni alaridos de dolor, y tampoco caí en aquel abismo de sufrimiento, que muchos anuncian cuando se tiene un amor como el que nosotros tuvimos… tenemos, y por mañas del destino, se pierde. Me aferraba al hecho de que la distancia solo era desconsolante para mí, y él no sentía ni una onza de mi calvario. Había tenido una vida adolorida, y había padecido de más males de los que cualquiera con el doble de su edad sufre. Simplemente no podía estar más extasiada al saber que el dolor, había finalizado para él.
Di un paso a través del umbral de su puerta y entré al lugar que había sido mi santuario por mucho tiempo. Sus descuidadas vestimentas aun yacían alrededor del suelo sin nadie tuviera la valentía de recogerlas. Observe las muchas fotografías, al igual que las miles de pequeñas y ridículas tarjetas que le regalé para el día de los enamorados, para nuestros aniversarios, e incluso pude discernir varias que le obsequie para sus cumpleaños. No pude evitar sonreír, recuerdo que siempre me decía con delicadeza lo mucho que las estimaba, a pesar de que mi caligrafía era aun más desastrosa que la suya.
Me abalancé sobre su cama, y observé el techo. Aun podían percibir las salpicaduras de pintura azul cobalto por aquí y por allá, productos de nuestra atolondrada tarde de pintar su cuarto cuando su familia se mudo a esa casa. El quería que lo ayudara a pintar las paredes, sin embargo, un par de horas después, nosotros estábamos embadurnados en pintura azul y las paredes aun se hallaban a medio pintar. Aun atesoro esa playera que usamos aquel día, que en la espalda tiene  pintarrajeado una frase: “Propiedad de Ían” y sé que en los rincones más profundos de su ropero esta su playera que dice “Propiedad de Mía” al frente, con una boba flecha que señala hacia abajo. Recuerdo haberme exasperado por su reacción tan descortés y no hablarle por un par de horas en lo que concluíamos con nuestra misión de pintar su habitación, la disputa no duro mucho, pues era irrealizable el mantenerse enojada con Ían mucho tiempo.
Me di la vuelta y observe la cabecera de la cama, donde con la hojilla de una navaja había tallado las palabras “Te extraño” la única noche que lloré su muerte, justo al lado de un “Te amo”, escrito por Ían al ser diagnosticado con un tipo de cáncer terminal, y justo debajo de nuestras iniciales “I & M Juntos aquí y en el más allá”, que tallamos juntos su última noche.
 Lo extraño mucho.
Suspirando, me puse a trabajar. Saqué la cámara del bolsillo de la chaqueta y tome tantas fotografías como pude, ansiando recordar perfectamente como lo había arreglado él. Al terminar, agarré la caja de cartón que traía de casa.
Sus padres se mudaban de la ciudad, no pudiendo tolerar el sufrimiento que las ocasionaba vivir en el lugar que había visto nacer y crecer a su único hijo. Entendía completamente su pesar, y aunque extrañaría tener su alcoba, que poseía lo último que me quedaba de su presencia, cerca les deseaba lo mejor. Lo primero que cogí fue su almohada, pues aún tenía su fragancia tan peculiar, y la guarde al fondo de la caja de cartón. Después guarde sus ropas, incluso aquellas vestimentas sucias del suelo. Su aroma tan único, mezclado con el apenas perceptible hedor a sudor de su práctica de fútbol era una de las fragancias que mejor tenía grabada en mi mente. Atesore con cuidado cada tarjeta, pequeñas muestras de mi corazón derramando amor; guarde cada fotografía y su cámara, tomando por último sus “chapulines”. Eran un par de tallas demasiado grandes para mis propios pies, pero sabía de un lugar perfecto para ellos.
Cada cosa que me recordaba su presencia fue guardada en aquella caja de cartón, junto a su cepillo de dientes y sus pantalones de mezclilla, e incluso su gel para el cabello. Me deleitaba como se peinaba el cabello de diferentes formas al aburrirse de sus rizos descontrolados o su cabello liso. Hubo veces, que con una sonrisa en el rostro, bromeando, lo llame afeminado por cuánto tiempo pasaba arreglándose el cabello. Su excusa siempre fue la misma, que le agradaba cuando yo le daba un cumplido a su cabello, y que le gustaba sorprenderme aunque fuera por un segundo.
Ya teniendo todo listo, salí de la alcoba exhalando con un poco de dificultad. En mi mente, me desprendía poco a poco del lugar que llamé alguna vez mi santuario y ahora, parecía solo otra habitación vacía. Aun podía sentirlo ahí, a pesar de lo deshabitada que se veía la alcoba.
 Sonreí. En su habitación siempre estaría su presencia por más que el cuarto estuviera empapelado de nuevos recuerdos, de nuevos habitantes, Ían siempre estaría ahí de alguna manera.
Reí para mí misma al recordar algo que él había dicho; yo sabía que en su habitación, donde pasábamos incontables horas tendría su presencia en cada rincón como si él estuviera ahí, y él comentaba lo mucho que odiaba que fuera cierto.
Recuerdo haber escuchado que solo había dos lugares donde quería que su presencia estuviera impresa, el primero, un pequeño hueco en la pared. Recuerdo haberlo golpeado en la nuca por su comentario tan soez, pero luego me dijo el segundo lugar y todo enojo quedo olvidado. “Nuestra cama”, me dijo. La cama que en un día tonto y alocado de dos jóvenes enamorados, habíamos pasado por una colchonería y escogido una cama matrimonial, la cama que compraríamos al regresar de nuestra luna de miel y compartiríamos hasta que estuviéramos avejentados por la edad y apenas pudiéramos pasar más de unos minutos de pie. La cama donde dormiríamos juntos.
Sonriendo, salí de la habitación sabiendo que al menos uno de sus deseos se cumpliría.
Me despedía de sus padres y camine de vuelta a casa con mi pesada carga, e inmediatamente al atravesar la puerta a mi casa vacía, me puse a trabajar. Mis padres no regresarían hasta dentro de un par de horas. Me tomo mucho tiempo; el dejarlo todo como quería había tomado bastante trabajo, pero finalmente todo estaba perfecto. Un perfecto caos sin duda para cualquiera que no me conociera, pero perfecto.
Mamá fue la primera en entrar a mi habitación ese día, regresando del trabajo y esperando verme acurrucada en la cama llorado, entró apurada. Sabía que estaba preocupada, una vez me había contado que había perdido a su primer esposo poco después de casarse la primera vez, antes de conocer a mi padre, y había enviudado muy joven. Solía decirme que perder a alguien así era una de las cosas más dolorosas que había vivido, y que no podía imaginar el dolor que conllevaba verlo morir día a día y seguir a su lado, como lo había hecho yo. En su cabeza no cabía la idea de no llorar su muerte por mucho más tiempo del que yo lo había llorado. Ella esperaba que en algún momento las barreras inexistentes que contenían mi dolor fueran a derrumbarse en algún momento.
Su expresión de sorpresa hizo que se detuviera justo en el umbral de mi recién decorada alcoba. Había ropa en el suelo, algunas prendas eran mías que yo era simplemente demasiado perezosa para recogerlas; sin embargo, había una camiseta negra en la esquina de la cama, una playera cerca de la puerta y una camisa de botones gris colgando de uno de los postes de la cabecera.
Sus fotografías, aquellas que él había tomado, estaban colgadas en mi pared con hermosos marcos de caoba barnizada, en perfecta armonía los unos con los otros. Las demás estaban especialmente colocadas en la pequeña mesa que usualmente usaba para dibujar en la esquina opuesta de mi habitación, su cámara descansaba sobre esta también. No pude evitar sonreír ante esta, pensé que nunca conseguiría el ángulo perfecto en el que Ían la había dejado en su escritorio.
Las tarjetas que tanto yo, como él, habíamos intercambiado decoraban las puertas dobles de mi ropero, y mi cama tenía dos almohadas ahora. En mi mesa de noche, justo como él solía dejarlas cuando venía de visita, estaba su billetera y sus llaves. A mi cabeza regresaron los miles de momentos en que se quejaba de lo mucho que el odiaba “resonar como cascabeles” cuando caminaba. Sus pantalones de lona estaban delicadamente colgados en mi armario, y eran aquellos que tendrían el privilegio de ser lavados. Adoraba usar su ropa, y el amaba verme en ella; nunca estuve segura de porqué, pero quién era yo para quejarme en estos momentos.
Su famosa chaqueta, que lo acompañaba a todas partes durante la época de frío, estaba en el respaldo de mi silla de escritorio. A su lado, recostada sobre el escritorio, descansaba su vieja mochila de colegio, desgarrada del lado izquierdo, con miles de parches y manchas de comida o soda por doquier. Al fondo de esta aun estaban algunos de sus cuadernos y los míos, con papeles arrugados y lapiceros perdidos  en lo profundo de aquella bolsa. La usaría cuándo regresará a la escuela el siguiente semestre.
Papá entro después, preocupado por el silencio sepulcral que había en la casa. Mamá, Ían y yo teníamos la fama de ser demasiados ruidosos juntos. Era imposible no reírse escandalosamente cuando el contaba una broma. Fue él, el primero que noto que junto a la cadena que llevaba en mi cuello normalmente, también estaba usando la cadena de Ían. También noto que mi cabello también estaba diferente, igual que Ían, una trenza con hilos de colores caía desde la cien hasta poco después del mentón. Se la había hecho un verano que paseábamos por Antigua, y pareció nunca habérsela quitado.
-Vengan, les enseñaré el baño- les dije, y cruzaron la puerta junto a mí. En el lavado, en una pequeña taza de cerámica que mantenía ahí con mi cepillo de dientes y el dentífrico, estaba su cepillo de dientes rojo y su rasuradora. De reojo observe los ojos de mis padres ponerse llorosos al observar la fotografía en el espejo. Una foto de los cuatro sentados en la sala, viendo una película. Me entristecía un poco saber lo bienvenido y adorado que era Ían en mi familia, y cuanto les había dolido perder al hijo que nunca tuvieron. Pero, queriendo alejarlos de aquellos pensamientos que debían de alborotar sus mentes exclamé.
-Ahora… El toque final- dije y regresando a mi alcoba, tomé el último artículo de la caja de cartón.  Su zarrapastrosos y viejos “chapulines”. Eran el par de zapatillas más viejos y garabateados de la historia. Todos sus amigos habían escrito frases, muestras de cariño, varios habían garabateado pequeños dibujos, e incluso yo lo había hecho. Esas zapatillas lo habían acompañado al centro comercial, al cine, a la playa, a acampar con sus amigos, a la escuela, a mi casa, a las casas de nuestros amigos, cada paso que Ían dio, lo dio en esos viejos “chapulines”. Sus padres detestaban la idea de enterrarlo con zapatillas tan desastrosas y sucias, así que me permitieron quedármelos como otro recuerdo de Ían.
Camine al otro lado de la alcoba, al lado derecho de la cama, donde Ían solía dormir cuando se escabullía por las noches a través de la ventana y el viejo árbol detrás de la casa. Nunca hubo peleas de qué lado dormir, ni qué lado preferíamos, inmediatamente sabíamos e inconscientemente, cada uno tenía un lado de la cama, encajando perfectamente, como piezas de rompecabezas. Sin calcular fríamente donde caerían los zapatos, los arrojé al lado de la cama, como si fuera cualquiera de aquellas largas tardes donde, sin zapatos, nos recostábamos en la cama a hablar.
-Está hecho. Él está aquí también ahora- sonreí con una sola lágrima recorriendo mi mejilla.
Mamá y Papá me abrazaron con ojos llorosos, y salieron de mi habitación a preparar la cena. Ya no importaba que Ían no estuviera aquí en cuerpo, su espíritu, su esencia,  estaban conmigo. Al estar segura de que mis padres estaban lo suficientemente lejos, me senté en mi lado de la cama. Podía sentir su presencia, como si estuviera ahí mismo, recostando su espalda contra la cabecera y dejándome descansar mi cabeza sobre su hombro.
-Te extraño tontuelo. Sabes eso, ¿verdad?- murmuré, como si de verdad estuviera ahí. Sabía perfectamente que suspiraría y alborotaría mi cabello como siempre. “Claro que lo se tontuela” me diría con cariño.
-Te amo… Aunque parece tonto cuando se lo digo a un fantasma- reí, sabiendo que él se hubiera reído también. –Espérame, ¿sí? No vayas por ahí engañándome con ángeles coquetos o algo por el estilo. No que me importe…- dije tristemente. Casi podía escuchar cómo, bromeando, suavemente me golpearía la nuca y me diría cuanto me ama, cuanto me quiere, y como nadie me reemplazaría. Incluso podía escucharlo cantar aquella canción que solía cantar, cuando mis angustias sobre cuán fácil podía perderlo ante otra chica más linda, más inteligente o más divertida me agobiaban. Que tonto era, me dije a mí misma riendo.
-Me tomara bastante tiempo llegar… Quiero tener cosas maravillosas para contante, y te prometo tener mil y una historias- juré con una sonrisa. –OH!- exclamé. - … y voy a nombrar a mi primer hijo en tu nombre, Ían James Junior. Perfecto-
Estaba cien por ciento segura de que su sonrisa, iría de oreja a oreja.
-¡CARIÑO! ¡LA CENA ESTÁ SERVIDA!- gritaron mis padres desde la planta baja.
-Bueno, me tengo que ir a cenar. No toques nada porque quiero todo exactamente como lo deje cuando regrese, no vayas a venir como todo un poltergeist conmigo y desordenar todo. No necesitare recuerdos de lo mucho que te amo, pero necesito cosas que me recuerden lo tontuelo que eres- dije a la habitación.
Una suave brisa se escucho, y como si hubiera sido el más callado murmullo, lo escuché decir: “Te amo”.
-Te amo a ti también tontuelo- llamé, corriendo escaleras abajo a cenar. Ese día comimos su favorito, pollo al limón. Qué rico.
El mundo sigue y sigue andando, y mientras va pasando, la muerte llega a arrebatarnos a quienes más amamos. Nos aleja de ellos, para reunirnos años después, cuando la vida nos haya dejado olvidados en un ataúd. Los días, semanas, meses y años que le siguieron a su muerte, los viví con alegría. No porque me regocijara con su muerte, sino porque sé que no sufrirá más, que me espera en un lugar pacífico con una sonrisa. Viví una vida exhilarante, llena de momentos felices, de momentos tristes, y momentos donde pase la noche en vela riendo. Sé que la noche, o el día, que nos reuníamos tendré mucho por contarle, hablaremos por días y le contaré todas las aventuras que tuve, las cosas alocadas que hice cuando él no estaba para regresarme a la realidad, las veces que lloré cuando él no estaba para besar las lágrimas de mis mejillas y hacerme olvidar los malos tiempos. Sé que está sentado, impacientemente meciendo las piernas como un niño esperando la medianoche el día de noche buena, y que yo estoy igual de impaciente por verlo otra vez, aunque no deseo apurar nuestro reencuentro.
Muchos me dijeron, que la muerte siempre es algo triste, no estoy en desacuerdo con ese argumento. Pero no veo porqué debería de acortar mi vida, cuando el amor no se supone que sea la razón por la que respiras, si no que la razón por la que respirar es más fácil. Me cuesta respirar, y no es por el asma o la gripe, pero no por ello dejaré de ver al cielo y sonreír sabiendo que esta saludando como un niño pequeño saluda dando de brincos a su ser más querido.