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29 abril 2012

En tu memoria


Por Francisco Juárez

I

Aquella noche trágica avanzaba entre la oscuridad, ciega de la locura, dentro de un mar de tormentos que se arremolinaban en su mente  
-¿Un lejano recuerdo o una pesadilla?- se pregunta mientras camina lentamente por esa calle solitaria, lejana, distante en el tiempo. –No logro comprender por qué tengo este tipo de recuerdos- piensa inútilmente. Caminar es lo único que la lleva a la salvación, al momentáneo perdón, un inútil esfuerzo por desterrarse de aquellas marcas que le impiden seguir viviendo. Marcas que aparecieron como estigmas. Así el tiempo fugaz, intangible, áspero como una lija, le fue desgastando, dejándole liviana, ligera, lívida ante su meteórica desaparición en el horizonte de su corta vida. Estos pensamientos inundaban su mente mientras llegaba a aquel parque de altos cipreses, viejos y grisáceos. Un camino de adoquines descompuestos llevaba a la plaza central, las bancas roídas por el tiempo hacían guardia celosamente. Aquel lugar solitario cargado de nostalgia, de encuentros y desencuentros, de amores fugaces y rencores, de risas y llantos, de crujir de madera añeja y solitaria fue un escenario más de su desdicha.
-Parece que todo va llegando a su final- se decía sin importarle mucho sus propias palabras. Se detuvo bajo la sombra de uno de los cipreses y se sentó sobre sus raíces gruesas y agrietadas. La tierra estaba húmeda, un camino de hormigas se abría paso por la maleza y se internaba entre los arrabales de su mundo, entre las llanuras extensas que se abrían de una banca a otra.  –que insignificantes, que maravillosas, ignoran la existencia del universo, ¿por qué los seres tan pequeños deben sufrir tanto como nosotros? ¿Es que nosotros sufrimos tanto como Dios?- se preguntaba; un ave grita desde la copa de un ciprés, invisible, oculta tras el follaje espeso del antiguo árbol. Un ave que sin duda la ha visto sentada al pie de ese árbol. Un ave que ahora conoce su existencia como conoce la existencia de una piedra en su camino. –soy la nada en la vida de un ave, mientras esa ave quedará grabada en mi memoria, para siempre. Su alto grito, su grito verde-gris, aquel grito desesperado en los últimos momentos del mundo- sollozó.
Se detuvo a pensar mientras observaba los árboles, necesitaba demorar el fin, aún con tanto dolor dentro de sí le aterraba la idea de que todo llegara a su fin, la incertidumbre de la nada, la incertidumbre del dolor y el sufrimiento, y entendió que muchas cosas que ahora sentía la habían sentido otros hombres desde los inicios de la raza humana.
Sus fuerzas empezaron a desvanecerse y una nausea insoportable hizo necesario que aspirara aire profundamente, sus ojos se fueron nublando lentamente hasta quedar profundamente dormida.
Años antes a aquellos acontecimientos Elena vivía una vida normal, con sueños y aspiraciones. Sus familiares y amigos admiraban profundamente su dedicación  a la lectura, a la filosofía y la psicología.
Con el transcurso de los años Elena se fue volviendo cada vez mas abstraída en un mundo hermético en el que sus amigos y familiares no tenían cabida. Nunca se conoció algún pretendiente, nunca expreso algún signo de rebeldía durante su adolescencia, siempre aceptó los consejos y las ordenes de sus padres. Su vida estaba resuelta desde muy temprano y tendría muy pocas  cosas por las que preocuparse.
Sus ojos se fueron apagando con el tiempo, su mirada cambió del cielo al pavimento. Poco a poco se fue advirtiendo en ella signos de depresión, de estrés, de un agotamiento indefinido, -cómo si el mundo depositara todo su peso sobre sus hombros-diría enigmáticamente uno de los pocos amigos que se mantuvieron a su lado hasta el fin. Aquel fin inesperado, incomprensible.
Sí, la carga de éste mundo se hizo muy pesada, indefensa en la soledad de la imperfección que percibía de éste mundo, la asfixiaban las ataduras de la perfección que exigía su alma a un mundo que negaba entregársela.
En el lejano Japón una geisha trató de huir de sus deberes, su mente divagó por el mundo, por el tiempo, por los años. En el oriente una mujer afgana vio a través del manto que cubría su rostro el atardecer lejano, incomprensible. En América una niña encarcelada en el cuarto de un burdel escribe una carta a algún amor lejano, viajando en ella, buscando su libertad.
En el pasado mas antiguo la primer mujer no encuentra consuelo en un mundo donde a alguien se le ocurrió crearla a partir de otro ser. Que imposibilidad siendo la mujer la portadora de la vida, el inicio de todo, el alfa, el amanecer cargado de estrellas, el trueno intempestivo que destroza al silencio, la mujer que inicia su camino. La mujer prisionera.
–¡Cuantos gritos por Dios!- gritó Elena que despertó ignorando donde se encontraba. Al abrir los ojos recordó que había caminado por el parque y un sueño muy pesado había caído sobre sus ojos obligándola a recostar su cabeza sobre aquel alto árbol.
-Dentro de poco todo terminará- pensó, y vio como pasaron las horas, y el sol fue apareciendo en el horizonte.

II

Nadie entendía que le había sucedido a Elena, -ella era como nosotras- decían sus hermanas, iba al cine, a los centros comerciales, se interesaba por la moda, por los programas de televisión, iba a la iglesia todos los domingos, nunca se metía en problemas.
-Quisiera que mi cuerpo se hiciera polvo en un río, que las aves destrozaran mi cuerpo, que mis cenizas se vuelvan una flor en el campo, que mi rostro alcance el cielo y vea las estrellas y el firmamento tan cerca hasta quedarme ciega, hasta que la razón que me ha llevado a este extremo se convierta en puñal y atraviese mi vientre, que toda esta mentira se desvanezca en la realidad- gritaba en su interior mientras el alto grito de su alma se lanzaba al mundo en gotas saldas que se arrastraban por sus mejillas.
-Conmigo muere el sinrazón, todo aquello que una vez me hizo normal ante la sociedad, muero en la locura en este mundo donde el cuerdo es loco y la normalidad se mide por el grado de estupidez e inconsecuencia que se tenga. Soy extremista, soy anarquista, soy existencialista, soy la unión del despojo material y la reivindicación de todo el dolor que sufren tantas en este mundo.
Soy la nueva actitud frente al colonialismo, frente al dogmatismo intransigente, soy la revolución de los valores, el fin de las aspiraciones de otros, son tan materialistas que extrañarán mi cuerpo y no mi pensamiento. Conmigo mueren costumbres, rutinas. Me perderé entre el polvo y el viento, son tan hipócritas que añorarán mi sonrisa y no mi llanto, extrañarán mi normalidad y no mi locura- pensaba en un arrebato de ira mientras las lágrimas continuaban cayendo por su rostro.
Cuántas veces éste tipo de pensamientos rondaron por su mente. Poco a poco estos episodios se hicieron más frecuentes. Los psicólogos diagnosticaban estrés, delirio de persecución, esquizofrenia.  

III

Al despertar se encontraba viajando en un bus que la conducía exactamente a su casa.
Al bajar del bus una copiosa llovizna cubría el ambiente, el cielo gris y el viento frio hacía que los transeúntes corrieran en búsqueda de refugio. Las lejanas luces de los autos, los lejanos pasos de la gente que corría en aquella madrugada la hacía sentir como una extraña en un lugar al que no pertenecía. La llovizna empaña las ventanas y poco a poco las calles van quedando vacías, un perro corre sin saber a donde ir. Ahora los altos arboles se han transformado en postes de alambrado eléctrico que gotean desde su imponente altura, contra el cielo se dibujan los senderos de los miles de cables que surcan el aire de un lugar a otro.
Camina sin pensar, como una autómata. Se detiene frete a una casa con jardín, a través de las ventanas apenas logra distinguir una extraña silueta que la ve y una habitación alumbrada parcamente.
Los rasgos del invierno se hacen presentes y la necesidad de refugiarse es instintiva. Corre sin pensar el rumbo que toma, sus pies se mojan sin que se de cuenta.
Recuerda aquellos días de su niñez, aquel invierno, la vista desde su ventana donde las gotas de lluvia golpeaban copiosamente. Su pequeña mano deslizándose por el frio y húmedo cristal, -no, no volverán aquellos lejanos días- solloza. El imposible pasado se disuelve como aire entre las manos. La voz de su abuelo que le llama, el cálido aroma de la comida, la contemplación de la vida desde una ventana. Allí donde sus sueños fueron construidos, bajo el signo del cielo gris y la tormenta. Su signo, ahora lo comprende, es la añoranza.
Al llegar frente a su casa ve a través de las ventanas la silueta de su padre. Un horror desenfrenado recorre su cuerpo. Todo su cuerpo sucumbe ante el delirio, la llovizna empapa su ropa y hela sus manos. Deja caer nuevamente su cuerpo ante el miedo de recorre frente a sus ojos. -¿Qué era lo que temía? ¿Qué era lo que la perseguía?- se preguntará su único amigo, el ultimo, el que vio el fin, muchos años después.

22 abril 2012

Lejana


Por Francisco Juárez:

No, no se a donde ir, después de tanto tiempo de no volver a la ciudad, todo ha cambiado, parece que  todo se hubiese transformado, ¿o fui yo? ¿he cambiado tanto?, parece que me hubiese ausentado por años, tal vez un largo trecho, si, parece un sueño. ¿La encontraré aun? ¿estará sentada en el mismo pórtico, con su vestido blanco y su cabello largo? ¿será aún la niña que vi correr detrás de un auto?, no puedo evitar sentir ansiedad, no puedo evitar las preguntas, ha pasado tanto tiempo.
Debo buscarla, aún debe estar en la ciudad, aún debe estar sentada con su vestido, sus ojos deben permanecer clavados al cielo como aquel día de invierno, quien sabe si esperaba la lluvia, o el sol, pero sus ojos esperaban algo.
No me atreví a hablarle pues nunca la había visto, pero desde aquel día le visité, al menos con la mirada, siempre caminando por la misma calle, donde se encontraba sentada en el pórtico, o viendo a través de los barrotes del balcón.
Vivía en una casa con frontón blanco y buganvilias naranjas cayendo por el frente, calles de tierra mojada donde solía transitar poca gente, apenas música o niños, tal vez una que otra ave de paso, pero siempre una niña sentada en el pórtico, con vestido blanco, y yo visitándola con la vista, con los pasos lentos que intentaban saludarla desde el otro lado de la calle, escondiendo la mirada de puro muchacho, si de puro muchacho, éramos unos niños, su cabello negro y largo, y su sonrisa que nunca terminaba de definirse.
Fue poco tiempo el que la vi, y menos el que ella me vio, apenas un par de años, nos atrevimos a hablar tiempo después, y aquí estoy buscándola, cosas de la vida, uno se queda esperando siempre, mientras más se desea algo más se debe esperar, sí, cosas de la vida y de muchacho, de niño mas bien.
¿Me recordará?, ¿me reconocerá al verme?, ya estoy cerca de su calle, tanto caminar pensando, pensando tantas cosas que decirle, que contarle, sentarme a su lado al fin y permanecer allí y no marcharme nuevamente, quedarme para siempre.
Recuerdo levemente la última vez que nos vimos, recuerdos difusos donde intento cruzar la calle, un auto que no veo venir, apenas tenía quince años, no recuerdo sentir dolor alguno, pero recuerdo su rostro sobre el mío, llorando del susto, poco a poco todo se fue tiñendo de blanco, y yo no quería, sentía como  mi alma se desgarraba tratando de permanecer junto a ella, deseando verla nuevamente, enjugar sus lagrimas, decirle que todo estaba bien, que me sentaría junto a ella, junto a su vestido blanco y las buganvilias, y el blanco me cegaba lentamente, y el mundo se fue tiñendo de puro silencio y blancura, y no la vi mas, no recuerdo más.
 He esperado tanto nuestro encuentro, tantos años, ¿estará sentada en el pórtico, viendo al cielo, esperando el otoño, el invierno, o el verano?.
Ya estoy frente a su casa, no sé cómo llegué aquí pensando tantas cosas, no sé cómo puede ser la misma calle, si ella no está allí, si la sombra de la buganvilia abarca todo el muro, si las hojas  caen lentamente, y ahora que me encuentro frente a su casa, todo parece volver, su mirada, su primer saludo, los juegos juntos, y su voz. ¿Por qué no sigue esperando? ¿por qué no continúa viendo al cielo?, el pórtico vacio parece clamar su presencia, ¿o soy yo quien clama por ella?, ésas hojas secas que caen parecen trazar una alfombra a mis pasos, debo sentarme, pensar, recordar, ¿en dónde te encuentras? ¿en donde se mece tu vestido blanco al viento?, no siento el viento sobre mi rostro, no escucho las hojas caer, solo escucho tu llanto, y tus saludos, y tu voz que dice mi nombre, y la blancura que cegó mi cuerpo aquel día.
Es noche y no me he percatado en qué momento ha obscurecido, parece que todo hubiese cambiado, y veo a mi alrededor y todo continua siendo igual, pero ella no está, sin ella todo cambia, ¿o soy yo quien cambia? no lo comprendo, hay luz en su balcón, soy muy pequeño para alcanzar su ventana, pero, ¿mi cuerpo tampoco ha cambiado?, después de tanto tiempo, y el polvo se levanta junto al viento pero no molesta mis ojos, puedo verlo sin inmutarme, necesito verte, necesito tu voz diciendo mi nombre y tu cabello negro. Debo sentarme un momento, no se a que viene este cansancio, y solo tu recuerdo me hace continuar despierto, parece que quisiera dormir, dormir para siempre. Me recostaré en tu pórtico, esperaré a que vuelvas, mientras el viento levanta el polvo, mientras las nubes pasan por el cielo lleno de estrellas, mientras las hojas secas de la buganvilia caen, mientras sigan cayendo a través de mi cuerpo y no me toquen, mientras caigan y no las sienta... ahora lo entiendo, sigue siendo el mismo día.





15 abril 2012

Jueves Santo


Por Francisco Juárez
Las doce del medio día inician mi recorrido por las calles de la zona 1 donde la gente se aglomera buscando un buen lugar para poder ver tu paso. Poco a poco el sol va calando en mi frente aun desnuda sin el tradicional capirote. Aun hay familias que preparan las alfombras, niños que corren por las calles disfrutando el desfile de los vendedores, los perros callejeros, las sonrisas de los padres y los abuelos.
Las doce y media me encuentran frente a la Iglesia La Recolección, ya las multitudes recorren las calles pues Cristo Rey se acerca. Camino rumbo hacia el parque San Sebastián buscando las filas de cucuruchos, aun es temprano.
Hace ya cuatro años que te espero Señor mío frente a la Recolección, hoy caminaré junto a ti, hoy mis pasos acompañarán los tuyos hacia el calvario.
La una de la tarde me regala una sonrisa a través de una pareja de ancianos que me refugian cerca de sí, me prestan un banco para descansar, para acompañarlos en su espera y escuchar sus historias de antaño. Siento el olor del incienso, del corozo. Las filas caminantes, las extensas filas de hombres vestidos de morado y blanco eucarístico se acercan, en el horizonte veo el resplandor de tu cruz balanceándose lentamente.
Allí viene gritan algunos, mientras la una y media hace su arribo. Me coloco mis guantes, aguardo tu llegada Señor.
Las dos menos cuarto. El anda, las matracas, las marchas, estás frente a mí. Señor, ahora guardaré tus pasos, tu boca entreabierta, sedienta, tu frente bajo este sol ardiente. Me coloco el capirote.
Caminar junto a ti, hasta las ocho de la noche Señor, bajo el arco de Correos. Allí, espera mi familia, allí descanso en el regazo magro de mi madre.
Señor, a partir de las ocho tu caminas junto a mí, ahora tu guardas mi camino, ahora tu me acompañas cuando camino por las calles de Guatemala.  

01 abril 2012

Antigua Soledad


Por Francisco Juárez

Nací hace tanto tiempo, sintiendo al viento las caricias de mi madre. Comencé a dar mis pasos entre un mundo que apenas conocía, la mano de mi padre, los juegos con mi hermano, mí tímida voz y la eternidad aún estrenándose. Tuve un nombre y una familia, mi destino parecía indicar que yo debía existir para que miles más lo hicieran, sin embargo me llegó la muerte muy temprano, conocí el dolor en tan poco tiempo, y hoy que veo el rostro de mi alma impregnada entre mis restos, imploro clamando desde la tierra un abrazo tuyo hermano, pues aún escucho tu voz tan solitaria, aún te recuerdo y me recuerdas pues la muerte se vistió de distancia, Caín.  

18 marzo 2012

Marzo 2012


Francisco Gabriel Juárez

Marzo 2012:

Te escribo con los ojos cerrados, con mi cabeza hacia mi ventana, desde la cual sopla un viento leve, tan sutil que solo el movimiento de la cortina lo delata. Las estrellas no se han hecho presentes esta noche, un cielo oscuro y gris nos invade, a lo lejos los arboles dibujan siluetas que rompen el cielo, lo desgarran. Para pensar en ti debo ver al cielo, no hay otro modo de que te hagas presente, para acercarme a ti debo recordar solamente, debo retroceder un par de años. Para platicar contigo debo simular que soy más joven. Siempre seré joven para ti, y tú para mí. Este yo que hoy te escribe nunca lo conocerás, para ti soy irreal, imposible.
¿Tu voz?, claro que la recuerdo, ¿tu rostro?, sigue siendo el mismo.
¿Por qué no has vuelto a visitarnos?, hace mucho que te fuiste. Te extrañamos mucho.
¿Tus hijos?, están todos bien, casualmente los veo pasar por el callejón y nos saludamos fríamente. Que se le va a hacer, la vida continúa y la distancia se hace más grande. Sin embargo contigo es distinto, solo debo cerrar mis ojos, ver hacia mi ventana y ser un poco más joven. Cuéntame, ¿Cómo has estado?
¡Un fuerte abrazo!
Francisco.
P.D.
Brilla un poco más fuerte, las nubes grises no me dejan verte.

11 marzo 2012

Sueños a través del cristal


Por Francisco Juárez

Noticia preliminar:
Después de una ardua investigación, un informe presentado el día de ayer ante los representantes de los nueve países más poderosos del mundo reveló la existencia de lo que los científicos llaman “realidades paralelas”, estas realidades constituyen una especie de universos que existen entrelazados con el universo que nosotros conocemos. Cabe resaltar que la evidencia que se posee al respecto es aún incipiente pero las organizaciones científicas de toda la esfera terrestre se han comprometido a profundizar al respecto.
No es posible determinar las consecuencias que éste descubriendo traerá sobre la civilización como la conocemos. Sin embargo podemos inferir que todo lo que hemos conocido y que se ha dado por sentado en los campos de la física y la ciencia en general no serán los mismos.
Solo el tiempo concederá las respuestas.
Columna escrita en el diario “The Independent” de Londres. Mayo de 2032.

Al alzar la vista al vasto cielo el sol cubría todo su alrededor, las nubes viajaban lentamente y cubrían partes de un cielo azul distante, un viento templado soplaba y movía el vasto follaje de los árboles que cubrían aquella pradera. Nunca había visto aquel lugar, se sentía extrañado pues hasta donde sus ojos alcanzaban a ver todo le parecía desconocido, borroso, cubierto por una bruma que nublaba tanto su vista como sus pensamientos.
No supo como llego a ese lugar, al despertar se encontraba ya allí, comenzó a caminar buscando a alguien que respondiese su llamado, por una extraña razón tenía el presentimiento que nadie contestaría. Las horas pasaron y comenzó a sentirse muy agotado, los campos se extendían a  kilómetros de distancia, el alto sol se había trasladado y comenzaba a ocultarse. El viento se fue intensificando hasta que fue una ráfaga inclemente que sacudía los pastizales y hacia volar rastrojos por toda la pradera.
Al llegar a un montículo encontró un lugar para descansar sobre un árbol frondoso del cual brotaban grandes luces amarillas y azules que parecían luciérnagas y que sin embargo no eran ningún animal, eran solamente luces que salían del árbol. Sin comprender aun que sucedía trepó el árbol y divisó en la lejanía, sobre su copa, la silueta de edificios muy altos, lo cual impregnó de esperanza su corazón.
Pasaron días enteros de caminata, durante las noches trepaba algún árbol en el cual dormitaba pues el temor a ser atacado por algún animal no le permitía conciliar el sueño por completo. Su alimento eran unas frutas amarillas que pendían de las ramas de unos arbustos que crecían escasamente en aquella extraña región.
Con el paso del tiempo llegó a descubrir que justo después de la puesta del sol las luces brotaban de los árboles y ascendían al cielo y viajaban al sur y no volvían más. Esto se repetía noche tras noche mientras ascendía a algún árbol que le serviría como refugio.
Durante aquellos días nunca divisó a otra persona, ni siquiera a otro ser vivo, más que aquellas luces que parecían tomar un rumbo propio y que siempre terminaba desembocando hacia el sur. Con el paso del tiempo su desesperación llegó a tal punto que sentía la necesidad de gritar y llorar suplicando al cielo simplemente escuchar una voz que le fuese familiar, algún signo de vida que le demostrase que todo aquello no era un sueño, o más bien que lo hiciera y lo devolviera a la realidad. No obtuvo respuesta a sus suplicas.
Pasaron meses antes de que llegara a la ciudad que vio aquella tarde. Al llegar sintió como sus esperanzas se derrumbaban y caían a sus pies pues aquellos enormes edificios eran ya únicamente grandes esqueletos de metal, inmensas construcciones roídas por el paso del tiempo, de las cuales se iba apoderando la vegetación. Comprendió en ese momento que era el último ser humano sobre la tierra.

26 febrero 2012

Breves apuntes de un diario


Por Francisco Juárez

Breves apuntes de un diario:

Día 1.
Al abrir mis ojos me encontré entre un inmenso jardín, rodeada de seres y colores nuevos comprendí que todo cuanto veía me era desconocido, mi cuerpo me  parecía ajeno, posé mis manos sobre mi rostro tratando de imaginar mi apariencia, pero fue difícil adivinar los detalles.
Decidida, me interne en el inmenso bosque que me rodeaba. A la distancia, después de haber viajado lo que el sol tarda en viajar del horizonte al techo de la inmensa cúpula celeste, lo divisé. Sorprendida corrí a su encuentro, al estar frente a frente, al unir nuestra mirada descubrí  los detalles de mi rostro en el reflejo de sus ojos.

Día 2
Mucho tiempo ha transcurrido, cuantas generaciones, cuantos pasos he debido entregar a la tierra. Bajo el alto sol de los obeliscos mi cuerpo se resguarda, nos hacen trabajar desde el amanecer hasta la puesta del sol. Nos obligan a fabricar ladrillos, a tejer sus ropas  y los látigos con los que nos castigan. Madre está muy enferma, apenas tenemos pan y agua, muchos dicen que el faraón nos dejará en libertad al terminar la construcción. En las noches lloro a mi esposo muerto y bebo el silencio que me permite vivir un día más. Seré libre algún día, yo lo sé.

Día 3
Cada día que transcurre parece el mismo, no importa tanto la realidad. Lo que importa es el llamado que he recibido, empuñando mi espada guiaré a Francia a la libertad. No lloraré más, seré libre al fin. Dios lo ha querido.
No me lo permiten, me tachan de hereje, en éste momento viajo a la hoguera. Mi voz se apagará entre los gritos de ésta multitud.

Día 4
¿cómo es el mundo en el que vivo? Es un mundo cargado de orgullo y prejuicio.

Día 5
Mi padre y mi madre trabajan como vendedores ambulantes, apenas tengo trece años y soy su única hija. Me preparo para ir a la escuela. Deseo tanto ver a mis amigos y amigas, a la profesora Chuang que me permite leer en su regazo cuando me siento triste. Me siento tan feliz viviendo en Nagasaki. Quisiera ser profesora cuando crezca.
Día 6
Hace pocos días mataron a mi  hermano en la plaza de las tres culturas, ¿quién sabía lo que iba a suceder? Mi madre también estaba allí, en Tlatelolco, algunos dicen que vieron como un grupo de militares la subieron a un camión. Yo únicamente recuerdo las luces de bengala que cayeron del helicóptero, recuerdo los primeros disparos. Corrí por mi vida, corrí por la vida de tantos otros.

Día 7
Mi corazón está roto, ha pasado el tiempo y sigo viendo al vacío. Los días en Nebaj son muy tristes, no podemos pedirle perdón a la madre tierra para cultivar nuestros alimentos. Ahora los militares son quienes entierran nuestros huesos.
Tengo ocho meses de embarazo. Se lo que a otras en mi mismo estado les ha sucedido, he escuchado sus gritos entre el monte.
Se que nuestra voz seguirá aquí pues la vida está en nosotras, tal vez al estar al lado de mi esposo bajo la tierra pueda ver sus ojos por última vez y descubrir, nuevamente, los detalles de mi rostro, uno al lado de otro, siempre juntos.

19 febrero 2012

Vigilia del soñado


Por Francisco Juárez:

Recostada bajo el inmenso árbol,
Cubres de tela imágenes de viento,
Mientras en este mundo oscuro yo presiento,
Que soy soñado por tus ojos y tus labios de inmóvil mármol.

Sueño que me sueñas, rodeándote de luces cual luciérnagas,
Que flotan cuidando tu cuerpo recostado en hojas secas,
Creer en un mundo que presiento, ciego, a tientas,
Caminando hacia ti, pues tu voz llama a la distancia.

¿Cuánto tiempo has tardado en construirme?
Con materiales de trigo, hojas, atardeceres y tiempo,
Reconozco tu llamado cuando en sueños te contemplo,
¿Cuánto más durará tu sueño en permitirme

Contemplar el alba y el rocío? Con ojos cerrados,
El sueño de tu amor me ha permitido
Escribir éstas líneas. Y antes que mí sueños sean borrados,
Alzare mi vista al cielo, donde sigue soñando el amor adormecido.