Al ritmo del “tic-tac” de la canción de “Time”, don Pedro marcha con consistente paso en la avenida Bolívar. A pesar de sus 44 años, la lluvia parece no calar en su salud. Los torrenciales aguaceros crean una fina cortina en el horizonte de la ciudad. El sol, tímido, se refugió detrás de las nubes. Nubes negras que opacan, aún más, el gris de la transitada vía capitalina. Algún solitario vehículo se desplaza. Con la indiferencia propia del ciudadano, el piloto no contempló su velocidad al pasar al lado de don Pedro, quien recibía sin protección alguna los grandes salpicones del agua empozada.
“Ticking away the moments that make up the dull day”
Un, dos, tres, cuatro. Pedro, con su semblante de serenidad, contrastaba notoriamente con la malvada lluvia que entristecía la, alguna vez, tacita de plata. El hombre vestía sus botas –recién lustradas. Su pantalón, bluyín –de un almacén del Amate Mall. Su camisa cuadrículada, importada –brought you by: Megapaca. Su gorra color naranja – ¡vamos por el cambio!
Don Pedro continuaba con su caminata. La lluvia no cesa y la tristeza, menos. Las ferreterías,ventas de muebles y boutiques de novia cerrados. Un Transmetro color transmetro brinda un poco de picardía al indiferente paisaje de la ciudad. / ¡Ay, qué aburrida la Bolívar! ¿Cuándo se volvió tan gris? El Guatemala Musical, cerrado. Ahí me echaba yo mis piezas. Luego me echaba unas patojas. Ahora no. No hay plata, menos energía y físico. Ahora toca trabajar. Más y más para poder llevar un pan a casa. Pan que no alcanza para mis hijos. Hijos de su madre, que por error es mi esposa. ¡Tan bruto de no aguantarme esa noche! Pero ya, qué importa. Tengo que trabajar. No hay de otra. Al fin en el Trébol. Ya aquí agarro una camioneta. Camionetas desgraciadas. Bueno no, ellas no; los pilotos hijuesumadres sí. No lo ven a uno ya avejentado y ni paran para que uno se suba. -¡Buenas!... Ya ni responden los descarados. Al menos la lluvia ya bajó un poco. Al fin en el obelisco. ¡De veras! La gorra. La pongo en el piso un rato. Así nadie la ve. ¡Pasame una bandera! ¿Sigue el trato, no? ¿50 billetíos por la tarde? Va, va. No, no te reclamo más (Sí, sí quiero más pero no lo dan, perros). Lo que hace uno por…
“Money! To get away…”
Don Pedro llegó al obelisco. Lugar de festejos y quema de patrullas color transmetro. Toma con sus manos, acostumbradas a chapear terrenos, la bandera. Comienza a agitarla. El color rojo con un pulgar arriba hace brisa, mientras en su cabeza resona el bajo de Roger Waters. Pedro intenta animar la tarde, el paso de los vehículos, mientras el sol corta sobre las nubes. Otro día transcurre. Vehículos que vienen de las utópicas avenida Reforma y las Américas. Don Pedro agita la bandera, animando a los apáticos conductores a marcar una X en el rostro de “el mejor para el país”. 50 billetíos que servirán, tal vez, para los siguientes dos días…
“Ticking away the moments that make up the dull day”
Un, dos, tres, cuatro. Pedro, con su semblante de serenidad, contrastaba notoriamente con la malvada lluvia que entristecía la, alguna vez, tacita de plata. El hombre vestía sus botas –recién lustradas. Su pantalón, bluyín –de un almacén del Amate Mall. Su camisa cuadrículada, importada –brought you by: Megapaca. Su gorra color naranja – ¡vamos por el cambio!
Don Pedro continuaba con su caminata. La lluvia no cesa y la tristeza, menos. Las ferreterías,ventas de muebles y boutiques de novia cerrados. Un Transmetro color transmetro brinda un poco de picardía al indiferente paisaje de la ciudad. / ¡Ay, qué aburrida la Bolívar! ¿Cuándo se volvió tan gris? El Guatemala Musical, cerrado. Ahí me echaba yo mis piezas. Luego me echaba unas patojas. Ahora no. No hay plata, menos energía y físico. Ahora toca trabajar. Más y más para poder llevar un pan a casa. Pan que no alcanza para mis hijos. Hijos de su madre, que por error es mi esposa. ¡Tan bruto de no aguantarme esa noche! Pero ya, qué importa. Tengo que trabajar. No hay de otra. Al fin en el Trébol. Ya aquí agarro una camioneta. Camionetas desgraciadas. Bueno no, ellas no; los pilotos hijuesumadres sí. No lo ven a uno ya avejentado y ni paran para que uno se suba. -¡Buenas!... Ya ni responden los descarados. Al menos la lluvia ya bajó un poco. Al fin en el obelisco. ¡De veras! La gorra. La pongo en el piso un rato. Así nadie la ve. ¡Pasame una bandera! ¿Sigue el trato, no? ¿50 billetíos por la tarde? Va, va. No, no te reclamo más (Sí, sí quiero más pero no lo dan, perros). Lo que hace uno por…
“Money! To get away…”
Don Pedro llegó al obelisco. Lugar de festejos y quema de patrullas color transmetro. Toma con sus manos, acostumbradas a chapear terrenos, la bandera. Comienza a agitarla. El color rojo con un pulgar arriba hace brisa, mientras en su cabeza resona el bajo de Roger Waters. Pedro intenta animar la tarde, el paso de los vehículos, mientras el sol corta sobre las nubes. Otro día transcurre. Vehículos que vienen de las utópicas avenida Reforma y las Américas. Don Pedro agita la bandera, animando a los apáticos conductores a marcar una X en el rostro de “el mejor para el país”. 50 billetíos que servirán, tal vez, para los siguientes dos días…
